Capítulo 2 – Parte 4 – Meeting

Parte Previa – Multiplicidad

A medida que pasaban los días, más me convencía de que la búsqueda de K no conducía hacia otro lugar que no fuera el fracaso. Si le sumaba la incómoda presencia de Güemes, con quien no paraba de toparme en los lugares más incómodos, mi estancia en Buenos Aires se me hacia muy difícil de soportar.

A Güemes ya me lo había cruzado dos veces por los alrededores de Plaza Italia, durante mis habituales paseos, siempre a la siesta, por las casetas de venta de libros usados montadas en la platabanda de la Avenida Santa Fé; tres veces en la salida por Callao de la estación Congreso de la línea A del metro y otras dos en las inmediaciones del barrio Chino. Una vez incluso, lo ví saludarme por la ventanilla de un 39 que aceleraba ante mis impotentes señales para que el conductor me dejara subir. No me había vuelto a dirigir la palabra desde aquel primer encuentro en el parque Japonés. Sin embargo, en nuestros encuentros, a veces se me figuraba estar pensando a través de su conciencia. En esos instantes, lograba a duras penas controlar un flujo (hasta ese entonces desconocido para mí) incesante de potencia caotica y creativa. Un cataclisma que me llenaba de temor, porque no sabía por cuanto tiempo podría frenar aquella ola huracanada antes de que rompiera en espumarajos sanguinolentos y rostros desencajados por la locura.

Sin embargo intuía, inequívocamente, que K me ayudaría a controlar esas acrobacias existenciales. Por eso, encontrarlo era mi prioridad. Por eso me prodigaba en su búsqueda. Pero nada.

 

Los desayunos, no podía ser de otra manera, los seguía tomando en el Tortoni. Tras largas semanas, el mozo misionero ya me conocía y hasta pude lograr que me trajera el café con leche, si bien no como me gusta, por lo menos calentito.Aquel extraño, de peluquín y ojos inquietos, que había descubierto acechándome tampoco había vuelto a mostrarse por allí.

En aquel entonces, naturalmente barajé la posibilidad de que estuviera espiándome pero la descarté ese Jueves Santo cuando se acercó directamente a mi mesa y me pidió permiso para sentarse. Un espía no se revela ante su víctima, tampoco se presenta elegantemente…

– Mucho gusto, Gerardo Finkelstein, mucho gusto – dijo con una sonrisa mientras me tendía la mano. Me pareció correcto levantarme para estrecharle la mano. Uno tiene modales ante todo…

– Pedro Guemes Montevideo – contesté y tras hacer una pausa dramática agregué – novelista –

Él sonrió.

– Indudablemente tiene cara de novelista….Indudablemente.

– Muchas gracias, aunque me gusta pensar que no solo tengo la cara, sino también el resto – respondí y el sonrió con doble intensidad mientras levantaba la mano para llamar al mozo

– Bueno, usted me entiende, no quería ser grosero, no quería…Un submarino pibe, bien calentito y un vigilante – no pude no notar la mueca que hizo con la boca al decir esto último – pero calentito el submarino eh? – remarcó. Yo sabía a qué se refería, algo pasa con los mozos y la temperatura de las bebidas.

Parecía estar leyéndome la mente- siempre frío, siempre – dijo aunque fue más un pensamiento en voz alta. Acto seguido apoyó el libro que llevaba, apuntando expresamente en mi dirección. Era antiguo. Las tapas estaban gastadas pero el título se veía bien. Rezaba “Mein Kampf” en letras góticas. Un poco más abajo en letras un poco más pequeñas pero igualmente góticas decía “Adolf Hitler”

– Este sí que la tenía clara, la tenía – masculló, suspiró y me miró esperando una reacción. Yo estaba de piedra. El continuó – Interesante elección: Güemes. El más subvalorado de nuestros próceres. Se ve que es una persona de mente abierta, Güemes, se ve. Cualquier otro ya hubiera salido ofendido y escandalizado. O directamente no me hubiera dirigido la palabra luego de ver el libro que leía el otro día.

– ¿Libro? ¿Que libro? – intenté hacerme el distraído pero no me salía, Finkelstein parecía conocer mis pensamientos dos segundos antes que yo

– No se haga, Güemes, volví aquel día a buscar el libro y nuestro amigo misionero me dijo que “mi amigo Jerome” se lo había llevado. Conozco a algunos Jeromes y da la casualidad que usted no es ninguno de ellos. Aunque si quiere ser mi amigo, mis puertas siempre están abiertas para nuevos creyentes. Y el libro… Me gustaría recuperarlo si le parece, pues es difícil conseguir cierto tipo de literatura…Por cierto, ¿qué le pareció?

– Está en inglés…

– Tenía la sensación de que manejaba con cierta fluidez el inglés

– Este….Claro…Por supuesto, pero…No tuve tiempo, entre mis proyectos y además… – en este punto me detuve, estaba a punto de contarle de mi búsqueda de K e incluso de nuestro proyecto pero algo me detuvo. Noté que a él le interesaba mi silencio. La peluca le molestaba al parecer, pues se la acomodó por enésima vez. No era de usar pelucas, no.

– Y al alemán?

– Al alemán? Qué alemán?

– Al idioma…

– Ahhh. Este…Muy básico. Nunca me interesó – dije básico pero debería haber dicho nulo. Absolutamente nulo – Con el francés, en cambio, me defiendo un poco – dije y recité unas líneas de Balzac que me sabía de memoria. A decir verdad, mi dominio del francés se limitaba a esas líneas. Él respondió con un francés delicioso del que no entendí ni papa. Lo supo y, elegantemente, cambió de tema.

– Debería intentar con el alemán. Es una lengua interesantísima a decir verdad, interesantísima. Yo nunca leo traducciones, nunca. Y hay tantas obras maestras en alemán…

– Lo voy a tener en cuenta. Siempre y cuando mis proyectos…

– claro. Sus proyectos. ¿Ahora estará en medio de una novela no es así?

– Se podría decir que sí. Aunque más que en el medio, estoy en los inicios. Recién desarrollando los personajes, estableciendo la situación….Va para largo…

– Muy interesante, muy – replicó – nos vendría bien alguien como usted – Lo miré intrigado, temiendo lo peor. ¿Neonazis? El captó la alarma en mis ojos y sonrió quizás intentando calmarme. Sonreía mucho este Frinkestein y no estaba seguro de sí eso me calmaba demasiado – ¿Alguna vez oyo de la tautología?

Durante la siguiente hora, hora y media mi compañero de mesa me introdujo en los secretos de la tautología. Disciplina que encontré apasionante a la vez que, francamente ridícula. Finkelstein, por su parte, no mostraba la más mínima sombra de una duda sobre los postulados que un tal Fischer había establecido en el año milochocientos y pico.Varias veces estuve tentado de excusarme y retirarme aduciendo algún compromiso, pero la pasión y la capacidad retórica de Finkelstein, debo ser honesto, me retenían en mi asiento.No se cómo explicarlo, pero a pesar de que estaba seguro de que lo que me estaba contando era un absoluto despropósito, la forma en que me lo contaba me atraía. Finalmente comprendí que Finkelstein era, ante todo, un cuentista, un embustero.

Cuando finalizó su exposición, mi sentido común me advertía a gritos que me alejara de ese tipo. Pero mi sentido común también me había advertido sobre La Condesa, sobre el cambio de nombre, sobre el autor uruguayo y sobre el todavía misterioso dibujante. Y allí estaba yo, perdido en Buenos Aires, en búsqueda de un escritor que juzgaba a todas luces inferior a mí, por encargo de la Condesa, aunque, si debo ser honesto, ni ella ni Jerome me habían encargado buscar a K.

Al final el que se tuvo que ir fue Finkelstein. Me comprometí a una nueva entrevista al día siguiente en el mismo lugar y a traerle su libro. Antes de marcharse mencionó que si estaba interesado en leerlo luego, conocía un lugar donde podríamos fotocopiarlo.

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