El papel amarillo – Charlotte Perkins Gilman

Cuento "El papel Amarillo"

Seguramente, durante estos aciagos días de 2020 mucha gente navegará en busca de cuentos recomendados para leer durante la cuarentena por el Coronavirus. Este relato – originalmente escrito en ingles (The yellow Wallpaper) por la autora Charlotter Perkins Gilman – puede ser una buena opción. No es un relato breve (a los que estamos acostumbrados) y puede llegar a ser complejo para personas a las que les afecta psicológicamente el confinamiento. Pero su calidad literaria y su intensidad narrativa son incontestables.

Narrado en primera persona por una mujer con problemas de salud que ha sido encerrada en su cuarto por recomendación del doctor, vemos como la realidad va desmoronándose a su alrededor. Y es el peculiar tapizado amarillo que cubre todas la paredes de su habitación, donde se manifiestan todos los terrores posibles, horrores que el lector llega a sentir como propios. Este relato, también traducido como «el tapiz amarill, se presenta además como un potente alegato de género y puede leerse como una reivindicación de las mujeres tradicionalmente silenciadas en la época victoriana que nos recuerda a «Una habitación propia» de Virginia Woolf, aunque desde una perspectiva fantástica. Sin más dilaciones, leamos un avance de este cuento…

El papel amarillo

No es habitual que gente normal como John y yo alquile una casa para el verano. Una mansión, una heredad… Diría que una casa encantada, y llegaría a la cúspide de la felicidad romántica. ¡Pero eso sería pedir demasiado! De todos modos, diré con orgullo que hay algo extraño en ella. Si no, ¿por qué iba ser tan barato el alquiler? ¿Y por qué iba a llevar tanto tiempo desocupada? John se ríe de mí, claro, pero es lo que se espera del matrimonio. Él es práctico. No tiene paciencia con la fe, la superstición le produce horror, y se burla en cuanto oye hablar de cualquier cosa que no se pueda tocar, ver o reducir a cifras.

Es médico, y es posible (claro que no se lo diría a nadie, esto lo escribo sólo para mí) que ése sea el motivo de que no me cure más deprisa. ¡No me cree enferma! ¿Y qué puedo hacer? Si un médico prestigioso, que además es tu marido, afirma a los amigos y parientes que lo que le sucede a su mujer no es grave, sólo una depresión nerviosa transitoria (una ligera propensión a la histeria), ¿qué se le va a hacer?

Mi hermano, que también es médico, dice lo mismo. O sea, que tome no sé si fosfatos o fosfitos, y tónicos, y viajo, y respiro, y hago ejercicio, y tengo prohibido trabajar hasta que vuelva a encontrarme bien. Personalmente disiento de sus ideas. Creo que un trabajo agradable, interesante y variado, me sentaría bien. Pero ¿qué se le va a hacer? Durante una temporada escribí pero es verdad que me agota. Tener que llevarlo con tanto disimulo, a riesgo de topar con una oposición firme… A veces me parece que en mi estado, con algo menos de oposición y más trato con la gente, más estímulos… Pero John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado, y confieso que hacerlo me produce siempre malestar. Así que cambiaré de tema y hablaré de la casa.

¡Qué maravilla! Es solitaria, apartada de la ruta, y a buenos cinco kilómetros del pueblo. Me recuerda esas casas ingle­sas que salen en los libros, porque tiene setos, muros y verjas que se cierran con candado, y muchas casitas desperdigadas para los jardineros. ¡Además tiene un jardín hermoso! No he visto otro igual: grande, con sombra, atravesado por caminos con boj en los bordes, y en todas partes hay pérgolas, con parras y asientos debajo. También había invernaderos, pero están todos rotos. Hubo problemas legales, cuestión de herederos; el caso es que lleva años vacía. Me temo que eso echa por tierra lo del fantasma, pero me da igual: en esta casa hay algo raro. Lo noto.

Hasta se lo dije a John una noche de luna, pero me contestó que lo que notaba era una corriente de aire, y cerró la ventana. ¡Corriente de aire! A veces me enfado con él sin motivo. Estoy más sensible que antes, eso seguro. Yo creo que es por mi problema de nervios. Pero John dice que si pienso olvidaré controlarme como es debido; así que hago esfuerzos por controlarme, al menos en su presencia, cosa que me cansa mucho.

No me gusta nada el dormitorio. Yo quería uno de la planta baja que daba a la galería, con rosas enmarcando la ventana; pero John se negó. Dijo que sólo había una ventana, que el espacio no daba para dos camas y que tampoco había nin­gún otro dormitorio cerca para que se instalara él. Es muy atento, muy cariñoso, y casi no me deja dar un paso sin intervenir. Me ha preparado un horario con indicaciones para cada hora del día. John se ocupa de todo, y claro, yo me siento una desagradecida por no valorarlo más. Dijo que si habíamos venido a esta casa era por mí, que aquí tendría reposo y todo el aire que se puede respirar.

—El ejercicio que hagas depende de tu fuerza, cariño —dijo—, y lo que comas, de tu apetito, pero el aire lo puedes absorber siempre.

En definitiva, nos instalamos en el cuarto de niños, el más alto de la casa.

Es una habitación grande y aireada, con ventanas orientadas a todos los flancos, y aire y sol a raudales. Por lo que se ve empezó siendo cuarto de los niños, luego sala de juegos y al final gimnasio, porque en las ventanas hay barrotes para niños pequeños. Es como si la pintura y el tapiz estuvieran gastados por todo un colegio. Está arrancado a trozos grandes alrededor de la cabecera de mi cama, más o menos hasta donde llego con el brazo, y en una zona grande de la pared de enfrente, cerca del suelo. En mi vida he visto un papel más feo. Uno de esos diseños exagerados que cometen todos los pecados artísticos posibles. Es lo bastante insulso para confundir al ojo que lo sigue, lo bastante pronunciado para irritar constantemente e incitar a su examen, y cuando miras un rato las líneas, pobres y confusas, de repente se suicidan: se tuercen en ángulos exagerados y se destruyen a sí mismas en contradicciones inconcebibles.

El color es repelente, repugnante: un amarillo chillón y sucio, desteñido por la luz del sol, que se desplaza lentamente. En algunas partes se convierte en un naranja pálido y desagradable, y en otras toma un tono verdoso repelente.

¡No me extraña que no les gustara a los niños! Yo, si tuviera que vivir mucho tiempo en esta habitación, también lo odiaría. Viene John. Tengo que esconder esto. Le irrita que escriba.

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