Un cuento de Chimamanda Ngozi Adichie

niños África - foto de Charles Nambasi

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se ha convertido en una de las habitués de este espacio. El siguiente cuento, liberado por ella misma a través de su cuenta de Instagram para fomentar la lectura, también forma parte de la colección «El arte de salvar una vida», una publicación que pone el foco en la importancia de la vacunación. La lectura , como concientización, también puede salvar vidas.

El relato fue publicado originalmente en inglés en esta web y traducido por mí. Que lo disfruten.

Olikoye – Chimamanda Ngozi Adichie

La lluvia caía suavemente aquel lunes en que rompí aguas. Pero como estaba habituada a los feroces aguaceros de Lagos, este golpeteo tranquilo me relajaba, llenándome de paz. Mi marido, Omoregie, estaba en el trabajo, por lo que fue mi vecino quien me llevó al hospital, con el vestido ligeramente húmedo y el corazón rebosante de emoción. Mi primer hijo.

El nombre de la enfermera de turno era Hermana Chioma. Se trataba de una mujer con el rostro pétreo que disfrutaba haciendo bromas un poco pesadas. Durante mi último chequeo, yo me había quejado del dolor de espalda a causa de mi estado y su respuesta fue, “¿Y no pensaste en el dolor de espalda cuando disfrutabas?».

Tras revisarme, me dijo que aún era pronto y me sugirió que caminara a lo largo de la sala de espera.

“Debes estar contenta de que el primero sea un niño”, dijo.

“Mientras sea sano”, respondí levantando los hombros.

“Ya sé que es costumbre esperar a que nazca para elegir el nombre, pero estoy segura que ya pensaron alguno”, agregó.

“Lo llamaré Olikoye”

“Oh”, dudó, “no sabia que tu marido era Yoruba”.

“No lo es. Ambos somos Bini”.

“Pero Olikoye es un nombre Yoruba”.

“Así es”.

“¿Y por qué?” preguntó. Mis contracciones aún era leves. Así que le dije a la Hermana Chioma que se siente para escuchar la historia.

———

La primera descendiente de mi padre fue una niña. El contaba que era una bebé que chillaba muy alto y que cogía su dedo con una fuerza sorprendente, lo que para él, significaba que sería una mujer fuerte. Pero la bebé murió a los cuatro meses. El segundo, un niño, ni siquiera llegó a esa edad. Algunas personas en la familia de mi padre decían que mi madre era una bruja; que se comía a sus propios hijos, ofreciendo sus corazones inocentes a cambio de una larga vida. Pero en esa época, otros pequeños de nuestra aldea en Edo corrían la misma suerte. La enfermedad traía caguerolas aguadas y ojos débiles. Algunos decían que la diarrea era un castigo de Dios. Los cristianos rezaban en la Iglesia. Los Musulmanes en la mezquita. Los más ancianos realizaban sacrificios. Pero los bebés seguían muriendo y sus pequeños cuerpos inertes se envolvían en paños y se enterraban. Sus nacimientos parecían actos sin sentido.

El año era 1985. Mi padre trabajaba como chofer en el Ministerio de Salud. Era uno más, en una posición subordinada. Un día, recogió a un dignatario extranjero en el aeropuerto y tras dejarlo en su hotel, descubrió un sobre con dinero en el asiento trasero; se había caído del bolso de su pasajero. Lo devolvió inmediatamente. Este – sorprendido y agradecido a la vez – se lo comentó al nuevo Ministro de Salud. Dos días más tarde el funcionario preguntó por mi padre. “Quiero que seas mi chofer”, le explicó, “yo valoro la honestidad”.

El doctor Olikoye Ransome-Kuti tenía grandes ojos somnolientos y parecía venir de otra época, un tiempo en el que mostrar una integridad a prueba de balas era algo fácil. Su simplicidad sorprendió a mi padre. No estaba interesado en acercarse a los poderosos. Tampoco en las salidas nocturnas, en la bebida o en las mujeres. Mi padre no se vio forzado a guardarle ningún secreto. Desayunaba junto a su familia todas las mañanas y salía a pasear con su esposa todas las noches. Los fines de semana los ocupaba en jugar al tenis con sus hijos. Era una persona que escuchaba atentamente, con una mirada tan intensa que hacía sentir incómodo a mi padre.

El Ministro le preguntó a mi padre por su familia y mi padre le respondió que estaban bien. Le preguntó cuantos hijos tenía y respondió que ninguno aún, pero que su mujer esperaba para dentro de unas semanas (mi madre estaba embarazada de mí). Entonces el ministro hizo una preguntó que lo sorprendió. “¿Cuantos de ellos han muerto?”

Tartamudeando, mi padre dijo, “Dos, señor, pero estamos rezando para que no vuelva a ocurrir”. El Ministro entonces dijo que rezar era bueno, pero que había algo más que se debía hacer. “Nuestros niños están muriendo por enfermedades comunes y eso debe parar. Quiero que me lleves a tu aldea. He comenzado un programa de vacunación en Lagos pero también quiero hacerlo en otras áreas del país. Iremos allí la semana que viene”. Mi padre se quedó mudo, por lo que le costó responder, “Sí, señor”.

El Ministro recorrió la aldea de mi padre junto a sus asistentes, conociendo a los pobladores, haciéndoles preguntas y escuchando sus experiencias. Les enseñó a las mujeres a mezclar azúcar, sal y agua potable para tratar la diarrea, también les explicó la importancia de lavarse las manos con jabón. Finalmente les contó que el Centro de Atención Primaria de Salud estaría en funcionamiento dentro de un mes. Entonces, todos los bebés recibirían vacunas.

Les enseñó fotografías de los bebés con los ojos brillantes de Lagos y les dijo que la inmunización era como un pequeño y valioso regalo. Los aldeanos vitorearon y aplaudieron. Mi padre se volvió un hombre popular. Era la primera vez que un Ministro los visitaba.

¿Es que acaso alguien sabia siquiera que nuestra pequeña aldea existiera?” decía la gente. Pero mi padre repetía una y otra vez que no había hecho nada, que había sido todo idea del Ministro. Años después, cuando mi padre me contaba la historia, en sus ojos todavía podía verse un brillo difícil de descifrar.

El Ministro nos trató como seres humanos”, recordaba, “como seres humanos”

——

Era cuestión de segundos. La minúscula boca abierta de un bebé y una gota de líquido. Una pequeña inyección en sus bracitos tibios. Eso fue lo único que se necesitó para salvar la vida de todos los niños nacidos aquel año en mi aldea, y en otras, cercanas pero también lejanas, como Calabar, Enugu y Kaduna. Solo eso fue necesario para salvar mi vida. Yo nací en 1986. A menudo trato de imaginarme como un bebé en los brazos de mi madre, siendo inmunizada en la clínica que ordenó construir el Ministro. Las mujeres se alineaban en las calles aledañas. El tratamiento era gratis y en el otro extremo del edificio una enfermera dictaba cursos de planeamiento familiar a un cuarto repleto de mujeres que se reían a carcajadas de sus chistes con doble sentido. Mi madre solía unírseles.

Muchos años después, ella me contó que aunque aquella pequeña inyección me salvó la vida, lo que me permitió ir a la escuela fue la planificación. Mi hermana nació dos años después que yo y mi hermano, dos años más tarde. Mi madre siempre recuerda las palabras de aquella enfermera, “procura tener una cantidad de hijos que puedas educar correctamente. De lo contrario no podrás educar a ninguno de ellos”.

Gracias al Ministro, mi padre llegó a conocer Nigeria como la palma de su mano. Viajaron a otras aldeas y ciudades del interior del país, con mi padre conduciendo por las carreteras planas del norte, por las onduladas del Sur. Lo acompañaba a las clínicas, donde lo escuchaba hablar, gesticular y explicar mientras cortaba cintas para inaugurar centros de salud.

Allí donde iban, la gente lo seguía. Algunos querían tocarlo, otros estrechar su mano. Algunos aparecían con regalos. “No, no”, decía cuando veía los ñames, los plátanos o los pollos, “devuélvaselos, dígales que me los guarden”

Conocí al Ministro cuando tenía 6 años. Estaba en primer grado y cuando mi padre le contó que era la primera de la clase, le dijo que me llevara a su casa. Yo pensaba que esperaría en la cocina y me sentí un tanto incómoda cuando me llevaron a la sala, no estaba habituada a una alfombra mullida y al olor de cosas nuevas. Él apareció de repente junto a su esposa, ambos sonreían. Me regalaron un libro ilustrado sobre el cuerpo humano.

“Gracias” les dije a ambos cogiendo el libro con tanta fuerza como nunca antes en mi corta vida.

——

La hermana Chioma sostenía mi mano. “Así que lo conociste personalmente” dijo, “terminé la escuela de enfermería el mismo año que fue nombrado Ministro”.

Algo en su voz había cambiado. Su tono era más profundo. Allí fue que observé como la hermana Chioma, la severa y poco amigable herman Chioma tenía lágrimas en los ojos.

“Mucha gente en Nigeria le debe la vida a Olikoye Ransome-Kuti”, agregó tranquilamente y comprendí que tendría su propia historia junto a él. Quizás me la revelaría luego, o quizás nunca lo hiciera, pero me alegró tener algo en común.

“Fue el mejor ministro de Salud que hubo en este país” dijo, levantándose rápidamente para secarse las lágrimas. Mis contracciones ahora eran más fuertes y más frecuentes. Chioma dijo que quizás había llegado la hora de empujar y fue a llamar al doctor.

Afuera la lluvía siguió callendo suavemente hasta que Olikoye nació.

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