Los cuentos de John Cheever

La primera vez que me recomendaron los cuentos de John Cheever fue allá lejos por la década del 90. No hice caso. Tampoco la segunda ni la tercera. Los que me lo recomendaban siempre mencionaban como, a través de sus cuentos, Cheever desmonta ese retrato idílico de la clase media norteamericana que EEUU vendía al resto del mundo a través de sus series y películas. A mi esa descripción nunca me llegaba a convencer y será por eso que privilegiaba otras lecturas.

Pero me seguían recomendando a Cheever: Un excompañero de facultad, alguien con quien había charlado eventualmente en un bar, un artículo en algún suplemento literario, etc.

Finalmente, hará unos dos años atrás, quizás menos, me aboqué a «El nadador». La elección era obvia, pero no por eso menos válida. El cuento era lo que me habían mencionado infinidad de veces, lo que me habían adelantado las reseñas. Fiestas, piscinas, martinis, un indolente tipo de clase media que emprende una aventura banal, hecha prácticamente a su medida.  Pasé las primeras páginas casi con aburrimiento, suponiendo que iba a llegar al final solo por inercia.

Pero a medida que leía, comencé a vislumbrar algo. Una sensación de tormenta inevitable. De que estamos en una travesía condenada irremediablemente al fracaso. Y lo sabemos, pero no hacemos nada para evitarlo.  El cuento también me había generado otra cosa, una inquietud llamémosla,  que no podía llegar a identificar.

No fue hasta que leí «La radio enorme» (también traducida como «La monstruosa radio») que descubrí que esa extraña sensación era miedo. Y es que Cheever, sutilmente, nos hace mirar hace arriba mientras, poco a poco, comienza a deshacer el suelo bajo nuestros pies. Y cuando nos damos cuenta, estamos parados sobre la cuerda floja, a punto de caer.

Lean a Cheever, ahora o dentro de diez años, pero léanlo. No se van a arrepentir.

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