Milkman – Anna Burns (2018)

La novela ganadora del Man Booker 2018 nos presenta a una joven atenazada por partida doble. A la opresión que sufre por encontrarse en una sociedad sumida en una guerra civil, se suma la violencia simbólica que esa misma comunidad ejerce sobre ella por su condición de mujer y, sobre todo, por no encajar con el rol que se le endilga. «Ninguno de nosotros había leído antes nada como Milkman», coincidieron los integrantes de jurado que le otorgó a su autora, Anna Burns, uno de los galardones más prestigiosos de la literatura en inglés.

La prosa «sorprendente e inmersiva» de Anna Burns

Ya desde sus primeras páginas, la singular voz de la narradora – que solo se presenta como «la hermana del medio» – se posiciona como cauce principal del relato. Ella nos contará (y se contará, en un particular ejercicio de autoreflexión y a través de un discurso interno con frecuentes divagaciones) como un escabroso personaje conocido como «El lechero» intenta seducirla contra sus deseos y como este acoso es visto casi como algo «normal» por la comunidad.

El solo hecho de elegir esta perspectiva narrativa dice mucho. En ese lugar, en esa época, la voz pública de la mujer parece estar circunscripta solo a las obligaciones morales o a los chismes. Se me hace imposible imaginarme a una joven de 18 años diciendo lo que verdaderamente piensa en ese ambiente. La narradora, sin embargo, tiene mucho que contar y lo hace de una manera punzante. Con humor, pero también con bronca reprimida, esta «hermana del medio» tiene puntos en común con la criada de Atwood, otro personaje atrapado que libera sus emociones a través de un discurso interior plagado de una ironía descarnada.

Escrita sin párrafos y sin referencias al «mundo real» – ni los personajes, ni los lugares, ni los bandos enfrentados se nombran y solo se mencionan como «el medio novio», «la hermana pequeña» o «los del otro lado del agua» -, seguir esta historia puede resultar un verdadero reto en esta época de prosa entrecortada y fugaz. La exposición de este fluir incesante del pensamiento – a priori nada novedoso – unida a estos detalles de estilo y a la perspectiva del acoso «desde dentro» es lo que le da a la obra un carácter, si bien no innovador, digno de ser explorado. Lo que en un principio parece un mero ejercicio sociológico va mutando en una historia que despierta sensaciones de gran intensidad; Casi una invitación al pánico.

«Al mismo tiempo, no quise hacer caso de una sensación física extraña que me había recorrido la parte inferior del cuerpo y me había hecho pensar que se me había movido el final de la columna vertebral. De hecho, se me había movido. No con un movimiento normal como hacia delante o hacia atrás, hacia el lado o en torsión. Había sido un movimiento antinatural, una advertencia premonitoria que se había originado en el coxis y cuya vibración había generado una onda expansiva rápida, desagradable e inquietante que me había llegado a las nalgas y había cogido velocidad en los músculos isquiotibiales, donde, en un abrir y cerrar de ojos, se había escondido en los recovecos de las rodillas y había desaparecido. Duró un segundo, solo un segundo, y, sin querer ni pensarlo, lo primero que se me ocurrió fue que era la cara oculta de un orgasmo, la sombra espeluznante y semiconvulsa de un orgasmo en la parte trasera del cuerpo: un antiorgasmo.»

«Milkman», reflejos en nuestra época

A pesar de estar ambientado durante los años 70, la época más cruenta del conflicto norirlandés, el relato teje una red de conexiones neurálgicas que lo conecta inevitablemente con nuestro presente. Al no usar nombres se dota de universalidad al relato. La autora nos sugiere: es algo que todavía puede pasar, es más, es algo que está pasando ahora en otros lados. La época de inestabilidad política en Irlanda del Norte fue conocida simplemente como «The troubles» (los disturbios o los conflictos). Un nombre tan indefinido como «la hermana del medio», «el lechero» o «los de este lado de la calle». Y los «conflictos» pueden ocurrir en cualquier lado. Pienso en Yemen, en la franja de Gaza y más especificamente en Venezuela, donde ahora mismo la sensación que viven sus habitantes debe ser algo similar a esta:

«Imagina un grupo de personas que no brillan, una comunidad entera quizá, una nación, o tal vez un pequeño Estado inmerso desde hace mucho tiempo en los planos físicos y energéticos de la energía mental más oscura, condicionados mediante años de sufrimiento personal y comunitario, de historia personal y comunitaria, a una sobrecarga de pesadumbre y pena y miedo y rabia; pues bien, esas personas no eran capaces, de buenas a primeras, de abrirse a una persona resplandeciente como un botón lustroso que entrase en su entorno y los iluminase con su resplandor.»

«Vivimos ya una distopia»

En una nota publicada en el diario El País, la entrevistadora también compara a «Milkman» con «El cuento de la criada» (que reconfortante es descubrir una sensación propia sobre un libro compartida por otros) y le pregunta a Burns cuánto de distopia tenían aquellos tiempos. La respuesta de la escritora conecta una vez más el universo del libro con estos tiempos que corren.

“Por supuesto. Siempre que se piensa en distopía se piensa en el futuro, pero la distopía es solo lo contrario a la utopía. La utopía es la sociedad perfecta. ¿Y acaso vivimos en una sociedad perfecta? En cierto sentido podría decirse que vivimos ya en una distopía”.

¿La conclusión? Como aseguran ciertos miembros de un prestigioso jurado que otorga un prestigioso premio, «Milkman» puede ser algo que no hayas leído antes. Quizás se merezca un lugar en la lista de pendientes.

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