Amor de monstruo – Katherine Dunn (1989)

No había escuchado de este libro hasta que la editorial Blackie Books lo reedité hace unos meses. Tiene sentido, «Amor de Monstruo» (Geek love en el original) es considerada una novela de culto: obras no tan difundidas debido a que se atreven a tratar temas difíciles de digerir por el público normal y que, a su vez, mantienen un grupo de «fieles» capaces de defender sus cualidades a capa y espada. Sin embargo, «Amor de Monstruo» no necesita de ninguna guardia pretoriana (aunque en su esquina se ubican nombres de la talla de Terry Gilliam, Kurt Kobain y Flea): Está escrita con simplicidad, honestidad y un ritmo que no decae en ningún momento. Su tema, tan controversial como universal, no es sino la familia. Una familia de monstruos.

Anatomía grotesca de los Binewsky

Al Binewsky: Patriaca de la familia. Heredó de su padre una feria itinerante al borde de la ruina. Gracias a su inventiva consiguió hacerla florecer. Sus métodos combinan la pseudociencia y la diversificación vertical propia del capitalismo: En lugar de contratar fenómenos, los fabrica a través de una experimentación (con drogas y radiación entre otros) sin escrúpulos en su progenie.

Crystal Lil: A pesar de venir de una familia aristocrática encuentra su lugar dentro del estrafalario mundo de Al, primero descabezando pollitos de cara al público y luego (tras un accidente que revela sus pocas dotes como trapecista) como madre de sus hijos, cada uno más extravagante que el siguiente.

Arthur «Arty» Binewsky: El primogénito, nacido con aletas en lugar
de manos y pies. Bajo el nombre artístico de Aquaboy se transforma en la
atracción más exitoso del negocio ambulante de Al y con los años llegará a
desplazarlo del mando.Es tan inteligente como egocéntrico, además de un
excelente manipulador. Su ambición lo llevará a fundar una secta, los
arturianos, que exalta las virtudes de la amputación y que siguen a su líder
allí donde la feria se dirija.

Electra e Iphigenia Binewsky: Gemelas siamesas unidas a partir de la cintura. Tienen a cargo el espectáculo musical, en el que tocan el piano a dúo. Ambas son gráciles y hermosas, aunque con personalidades totalmente contrapuestas: Elly, más temperamental y taciturna, libra una permanente guerra fría contra Arty, en tanto que Iphy, que adora al Aquaboy, es más jovial pero también más ingenua.

Olympia Binewsky: La menos «dotada» de los hermanos. Enana, albina y jorobada, su función de personaje de reparto en el universo Binewsky se complementa con su rol central en la narración, ya que la historia se estructura a partir de sus recuerdos. Oly pasa gran parte de su juventud, subyugada por el magnetismo de Arty a quien demuestra una fidelidad sin límites.

Fortunato «Cheek» Binewsky: El más pequeño de la familia es también, el más poderoso. Sus talentos, no apreciables a simple vista, son tan maravillosos como inquietantes. Su fina sensibilidad y su carácter dócil hacen que los demás, especialmente Arty, se aprovechen de él.

Miranda: Tercera generación de Binewsky, es hija de Arty y Olympia, aunque desconoce su origen, creyendo que es huérfana. Lleva la extravagancia física de la familia a un nuevo nivel de sofisticación. Su esencia grotesca se revela en su vocación de dibujar cuerpos deformes.

El mundo carnavalesco de «Amor de Monstruo»

Aunque en la historia se cruzan dos líneas temporales, es la reconstrucción de los años de crecimiento de los chicos Binewky en el universo nómade e inmutable de la feria lo que ocupa la mayor y más jugosa parte del relato.

«Una feria a la luz del día es una bestia incompleta, en el mejor de los casos; la lluvia la convierte en algo fantasmal. La asmática música de las atracciones vacías e inmóviles en una húmeda y lluviosa tarde siempre me ha herido en el pecho con un dulce dolor.La coloreada danza de las luces en la brumosa atmósfera hacía brillar los charcos del serrín con aceitoso encanto»

En este mundo, lo extraordinario se vuelve cotidiano: Todas las mujeres que trabajan allí llevan el pelo de color rojo, una adusta mujer sin brazos ni piernas da órdenes desde su silla de ruedas, un ente sin rostro -cuya único rasgo de humanidad es un ojo que vigila febril a las gemelas – se pasea entre un tótem de falanges amputadas y la carpa donde se doman moscas, mientras una enana con los ojos rosados vocifera los espectáculos del día. Y es justamente Olympia, con sus deformidades tan vulgares, quien cuenta y en este subrayado simbólico se vislumbra la intencionalidad sarcástica de la autora. ¿A qué se puede dedicar alguien que no quiere trabajar? Pues a fundar un culto – o a unirse a él -. ¿Cómo compensas tu frustación por no haber llegado a ser un profesional, digamos de la medicina? Engendras un hijo con poderes telekinéticos que pueda operar desde la tierna edad de 6 años.

Sería un error buscar mensajes del tipo «los fenómenos y los deformes también son seres humanos» en estas páginas. La narración trasciende ese facilismo y se ubica en un nivel mucho más recóndito y menos amable. ¿Y el amor del título? Claro que está presente, y junto a la estupidez y la crueldad son los principales motores de la narración. Las relaciones familires – sean de monstruos o no – siempre llevan una dosis de ferocidad. Un sadismo, simbólico pero también real, se palpan en algunos personajes secundarios como el periodista Norval Sanderson, la doctora Phyllis y, especialmente, la señorita Lick, que aparece en la segunda línea temporal y que es más monstruosa que todo el carnaval Binewsky junto.

Sobre todo, «Amor de Monstruo» ofrece un derroche de imaginación y una arrolladora potencia narrativa. Es un libro del que no vamos a salir indemnes ya que nos fuerza a explorarnos. Como uno de esos espejos deformantes de las ferias – o como el retrato de Dorian Grey – nos enfrenta a una versión – extrema, quizás aborrecible, siempre posible – de nosotros mismos.

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