Black-Out – María Moreno (2016)

Debo admitirlo: me ha costado este libro. No leerlo – fue un placer – sino reseñarlo. Cada vez que abría el archivo de word me he sentía como si estuviera preparándome para la batalla. Como los chistes esos que solo son graciosos «si has estado ahí», Black Out es difícil de explicar. Pero esta indefinición – ¿autobiografía etílica?¿obra confesional? ¿literatura de género? – es lo que le da una poderosa vitalidad. Quizás, intuyendo una desorientación de parte de los lectores, la misma Moreno traza un mapa de exploración: Black out está formado por crónicas del «territorio» (especialmente del barrio de Once en Buenos Aires), retratos y microensayos literarios.

Black Out, el alcohol como patria

El carácter fluctuante de la narración hace que sea difícil hacer pie. La liquidez, tan propia del alcohol como de ese estado mitad festivo, mitad alucinatorio de la ebriedad, embebe – la elección de palabras no es casual – estas páginas. Y mas alla del hilo ordenador en el que se transforma la bebida, los episodios, alejados en tiempo y espacio (y muchas veces «contaminados» por las divagaciones de la autora) trascienden la anécdota para convertirse en una profunda reflexión sobre una época y una forma de vida entrañable e irrecuperable. Moreno nos sitúa ante un universo íntimo («su universo íntimo») que consiste en dos estratos: uno el de la familia más cercana, el otro del barrio, en el que mozos, borrachines y putas forman una gran familia disfuncional.

La mencionada liquidez también es central en la relación con el padre , de quien ella asume ha heredado su afición por la bebida. «Mi padre bebía para liquidarse, como yo». A su muerte, sumergida en las aguas del Tigre, Moreno realiza su duelo y se transmuta en agua, buscando una comulgación final:

«No se puede llorar en una sustancia que se funde en las propias lágrimas (…) Existía en la deriva de mis pensamientos un horizonte de sin razón, una desobediencia que yo asociaba al gesto de John Glenn cuando, suspendido en el espacio, apenas conectado a la aeronave por un cable, dejó de escuchar la orden de volver, para gozar por un instante de ese flotar fuera de lo humano»

(Un generoso extracto se publica en la web de la revista Anfibia)

Escritura femenina vs. feminista

Los problemas de género son tratados por Moreno sin victimización. Muchos de los temas de este libro podrían integrar un manifiesto feminista: El tema de la mujer en un ambiente masculino («comencé a beber para ganarme un lugar entre los hombres»), el de una sexualidad sin corsé, el de de la maternidad. Sin embargo, no se observa una postura (y aún menos postureo) político (¿que opinará Moreno del uso de la «e» inclusiva?). No se trata de escritura feminista sino más bien femenina, entendiendo ésta como la postulada por autoras como Helene Cixous:

«Desde el momento en que se acepta que la escritura brota del cuerpo entero, y no sólo de la mente, es preciso admitir que transcribe todo un sistema de impulsos, toda una serie de concepciones del gasto emocional y el placer completamente diferentes”.

En la prosa de Moreno se pueden reconocer algunos de estos detalles. Un estilo en el que fondo y forma convergen en un todo inseparable, dotándolo del dinamismo de lo poético. Una fluidez casi torrentosa en las palabras, una manera sensual e informe de apelar al lector para atraerlo a un territorio íntimo. Lejos de cualquier análisis racional, para disfrutar verdaderamente de la lectura de Black Out es imperioso activar el hemisferio derecho de nuestro cerebro.

De la confesión al sacrificio

El sacrificio, muchas veces relacionado con lo femenino, es otro de los aspectos que ocupa un lugar preponderante. En primer lugar, se llama constantemente la atención sobre el propio cuerpo, transformándolo en objeto de la narración. Desde dolorosas menstruaciones e imparables hemorragias (otra vez el fluir incesante) hasta una contemplación de su propia carne, y de los olores, sabores y sensaciones que conllevan la corrupción de lo corporal. Así, el cuerpo se transforma en la primera ofrenda, lo primero que es sacrificado ante el altar de la escritura. No obstante, una ponderación de la relación entre autora y narradora está bien marcada por Moreno:

«Si escribo lo que escribo, ¿me desnudo? Hay quienes leen como si se tratara de la visa misma. Temblorosos de unanimidad admirativa, mientras creen alcanzar algún mendrugo de intensidad en medio de la opacidad habitual del mundo – tomándola como confesión-.»

El sacrificio también se relaciona con la nostalgia que recorre todo el relato y que le da un aire crepuscular a la obra. Pero el tono nunca es elegíaco sino celebratorio. En su rol de sobreviviente, Moreno homenajea a los «sacrificados»: compañeros de profesión, de parranda, a colegas escritores poco nombrados fuera del círculo de iniciados en el ambiente literario- filosófico de la Argentina de los años 70 y 80. Pero también hay referencias, que se detectan como deliciosos tentenpiés, a nombres consagrados como Lamborghini, Fogwill e incluso Bolaño.

En mi lectura personal e íntima, cada vez que entrometía mis narices dentro de ese club secreto descrito por la autora me los imaginaba, quizás como alguna vez lo habrá hecho ella, a los que quedaron en el camino, brindando en algún reservado del averno, elogiando, discutiendo o desmenuzando esta obra y destacando sin sobresalto, «mira vos, la Moreno, ha escrito una obra considerada por el New York Times como uno de los diez libros que marcaron 2016.

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