El cuento de la criada – Margaret Atwood (1985)

¿El futuro es aterrador? Muchos pensamos que sí. Y no solo como posibilidad del porvenir, sino simplemente como la continuación del presente. El presente ya es aterrador para muchos, y no me refiero a quienes nos sentamos a leer (o a escribir) tranquilamente un blog o un libro en la aparente tranquilidad que nos dan los muros de la sociedad occidental.  En ese sentido, «El cuento de la criada» habla más de un presente alternativo que de un futuro posible. «No soy una profeta, las profecías se tratan siempre acerca del ahora», asegura Atwood.

Publicada en 1985, pero mundialmente conocida a partir de la adaptación televisiva de 2017, «El cuento de la criada» (The Handmaid´s Tale) nos presenta un futuro no muy lejano y no muy tranquilizador, «distopias» es la palabrita de moda.  Un régimen totalitario, tan violento como ultracatólico (perdón por la tautología) ha tomado el poder en la costa oeste de lo que era Estados Unidos. La contaminación ha causado una infertilidad generalizada y las pocas mujeres que aún pueden ser madres son obligadas a «trabajar» en las casas de los altos funcionarios de ese régimen. Su trabajo consiste en quedar embarazadas.

Justamente, es la voz de una de estas «Handmaids», llamada Defred, quien narra la historia. Su relato, no exento de ironía, va bosquejando como es esa nueva realidad: Brutal, incontestable e impoluta. El Estado, como en otras pesadillas totalitarias, «1984» o «Un mundo feliz» es el dueño de todo, pero en este caso en particular, el acento está puesto en el cuerpo. Las «criadas» son apenas un recipiente que intenta asegurar la continuidad de la especie. Así, la voz de Defred, el fluir de su conciencia, se transforma en el último reducto de resistencia. Lo prohibido: su verdaderos sentimientos, sus instintos, sus pasiones encuentran refugio en su mente,(¿Se podría decir incluso que son las «alas» blancas de su sombrero las que hacen volar sus pensamientos?). Metáforas aparte, esta transgresión conlleva una tremenda carga de erotismo. Una de las grandes virtudes de este libro es como nos va dejando ver pequeños trozos de «piel», mientras nos esconde otros. Y al leer queremos ver más, queremos saber más. Nada atrae tanto como la sugerencia.

Pero una cosa queda clara y es que, cuando pasamos el meridiano de la historia, ya sabemos (al menos yo lo supe) que nos vamos a quedar insatisfechos. De que el final, más allá de lo que le ocurra a Defred, nos va  a dejar con hambre de más. Y esto no es una crítica sino lo contrario. Al final la historia se expande, sus significados se bifurcan infinitamente. Una historia que nos deja con más preguntas que respuestas estimula a ejercer ese músculo olvidado. Ese rincón atrofiado por teléfonos inteligentes, redes sociales, televisión basura y compras por internet. Quizás haya que empezar a ejercitarlo antes de que sea demasiado tarde. Y nada ejercita ese músculo tanto como leer.

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