El grupo anti-pop del norte argentino – Fabio Martinez

Ciudad de Salta al norte de Argentina

Aunque son las escritoras argentinas actuales las que se encuentran en la cresta de la ola (Samantha Schweblin, Mariana Enriquez, Gabriela Cabezón Cámara y la lista sigue) también existe un numeroso grupo de autores de esta nacionalidad con una obra interesantísima. Más aún, dentro del conjunto de escritores argentinos contemporáneos encontramos el subgrupo de jóvenes escritores salteños (entiéndase jóvenes como menores de 40). Los une, entre otras cosas, la visión crítica de las costumbres y hábitos anquilosados en una región (el norte de Argentina) con tradiciones conservadoras y dictados morales muy arraigados. Fabio Martinez se presenta como uno de los principales referentes, su última novela (o nouvelle por su breve extensión) forma parte de nuestros libros recomendados en 2020. ¿Y las jóvenes escritoras salteñas? Eso ya da para otro artículo.

La literatura anti-pop del Norte Argentino

Casualidad o no, los protagonistas de Fabio Martinez se definen por su pertenencia, están «Los Pibes Suicidas», los «Dioses del Fuego» y ahora los anti-pop norteños. A pesar del guiño musical – algo muy presente en todos sus relatos – no se trata de la biografía no autorizada de una banda de Rock Metal. La forma en la que combaten la «superficialidad popera» va mucho más allá de unas canciones reivindicativas: una violencia – habitual en el universo narrativo de Martinez – que no enmascara tanto una furia acumulada como una evidente intención paródica. Algo que se observa ya desde las primeras líneas:

Me llamo Miguel Luis Martionez. Mi madre eligió ese nombre porque siempre amó con locura a Luis Miguel. Desde que estaba en la panza, ella me cantaba sus canciones una y otra vez y la voz del Rey Sol era lo único que la sacaba de la depresión que cargaba. Mi padre se había ido apenas supo del embarazo, entonces mamá cantaba para no llorar y al nacer me
puso ese nombre.
Aunque no lo crean y resulte algo extraño, soy muy parecido a Luis Miguel. El mismo color de ojos y cabello, la piel trigueña, la cara redonda y ese pequeño espacio entre los dientes de adelante. En mi niñez, mamá me dejaba el pelo largo y en el barrio y en la escuela me llamaban Micki. Algunas maestras hacían bromas, me pedían que me sacara el guardapolvo, pusiera pose de estrella y se sacaban fotos conmigo para luego presumir de que habían conocido al pequeño Luis Miguel en persona.

Esta semejanza con un ícono de lo romántico (y por ende, de lo anti masculino en muchos grupos) perseguirá al protagonista desde la cuna y reforzará su necesidad de definir su verdadero yo. Así es como la búsqueda de una identidad y su reafirmación aparecen como uno de los ejes a partir de los cuales se estructura la novela.

La aparición del sexo y la música, dos elementos desestabilizadores, prefigurarán el enlistamiento de Miguel Luis en las huestes Antipop cuyos métodos, «primero pego y después explico», han probado ser muy efectivo en el pasado, especialmente entre adolescentes y líderes de potencias mundiales. No conviene adelantar el desenlace de la cruzada aunque entre sus blancos aparecen figuras de la talla de Michael Jackson o la fugazmente exitosa Gloria Trevi. ¿Tendrá algo que ver que ambos fueron acusados de corrupción de menores?

Un universo ficticio atravesado por la realidad

Un efecto secundario de la lectura de «El grupo antipop…» fue la necesidad de revisitar el primer libro de Fabio Martinez, «Los pibes suicidas». Encontraba varios puntos de contacto, además de aquellos obvios como la juventud de los personajes o que ambos – esto puede extenderse a gran parte de su producción – estuvieran ambientados en Tartagal, ciudad salteña a pocos kilómetros del límite entre Argentina y Bolivia.

«Los pibes suicidas» sigue a Martin, un periodista desempleado que se preocupa más por disfrutar de las noches que de pensar en su malograda revista de política. La narración se sitúa a finales de los 90, años marcados por una de tantas crisis ecónomicas que golpearon a Argentina. Los protagonistas se mueven entre la apatía y la pulsión por exprimir al maximo cada experiencia, cada salida nocturna, cada raya de cocaína. En la línea de «Trainspotting», el relato se presenta como una crónica de excesos con un trasfondo de crítica social.

Una tensión latente se palpa en cada página de esta obra. La agresividad parece constantemente a punto de explotar. Pero cuando finalmente ocurre, sus efectos no son transformadores, apenas parte de una comedia repetida, un gasto de energía inútil. El efecto es desesperanzador y refleja fielmente un entorno anegado por la falta de expectativas.

La violencia también es esencial en la génesis del grupo antipop, aunque a diferencia del Martín, el trasunto de Luis Miguel se cuestiona constantemente este método. El protagonista en este caso es más joven, pero de alguna manera también es más sabio. Aquí vale preguntarse, ¿reflejan la maduración del autor? Al menos reflejan una deriva hacia otros temas: el amor romántico, el humor, la crítica al uso de la violencia gratuita.

Miguel Luis es parte de una generación más joven que los escapistas de «Los Pibes Suicidas», aunque su historia también se sitúa en algún punto indefinido de los años 90. No obstante, su visión es mas esperanzadora y contagia este optimismo – fundamentado o no – al clima del relato. Casi casi como una canción pop.

Foto: Inés Lopez

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