GB84 – David Peace (2004)

A través de la presentación de diferentes puntos de vista y estilos narrativos, «GB84» nos sumerge dentro de la huelga de los mineros británicos de 1984. Este acontecimiento marcó un punto de inflexión en la sociedad occidental de finales del siglo 20. Fue una confrontación a cara de perro, entre los síndicatos de mineros, todavía imbuídos del relato socialista, y el gobierno conservador de Margareth Tatcher.

Durante el conflicto, Gran Bretaña vivió en estado de alerta permanente, con la paz social pendiente de un hilo. La victoria de la postura liberal cimentó el camino hacia el dominio de los grandes grupos económicos y a la dictadura de mercado en la que vivimos.  

Las «historias» dentro de la Historia

Aunque Peace sitúa la novela dentro de un contexto específico de tiempo y espacio y dota a la obra de un rigor histórico en lo que tiene que ver con los fechas y lugares de los acontecimientos, no estamos ante una investigación periodística. La verosimilitud de las circunstancias (reales) que presenta no evita que estemos ante una obra de ficción.  Tanto los personajes que tienen un correlato en la realidad como aquellos que encarnan a un sujeto colectivo son ficcionales.  

Entre los puntos más sobresalientes de la huelga está el hecho de que se extendió durante un año. En la actualidad sería impensable algo de esas características en una industria vital para la generación de energía de un país y nos habla del poder que tenía el movimiento obrero. Al ser el componente temporal tan relevante , la cronología de los acontecimientos es lo que estructura la trama y dota de sentido a las dos líneas narrativas que se intercalan a lo largo de la historia.

Las línes narrativas, además difieren en sus tipografías y en su presentación espacial. 

Los huelgistas, la visión desde la trinchera

La voz de la clase trabajadora está presentada a través de testimonios de primera mano de dos mineros, Martin y Peter. Ellos cuentan lo que ocurre  en el «campo de batalla».  Son los que sufren en carne propia las penurias económicas de no cobrar sus salarios y los que tienen problemas familiares como consecuencia de estas mismas estreches. Son también los que forman los «piquetes voladores», desplazándose cada día a distintas minas y plantas eléctricas para evitar que operen y son, sobre todo,  los que reciben los palazos en la cabeza de las fuerzas policiales. Estas voces adoptan un estilo de monólogo interior, con un registro caótico, frases entrecortadas y una  dicción típica del norte de Inglaterra. 

«Muchos ya están allí. No son tantos como ayer.La mayoría están sentados al sol. Sin camisetas. Hay naipes. Cerveza barata. Estamos rojos como tomates. Al contrario de los esquiroles, a quienes se podría identificar por su palidez. Se juega al fútbol – camisetas versus pechos al aire. Hasta que el encuentro se detiene – Botas marchan hacia nosotros. En líneas de cuatro – Los camiones deben estar llegando. Empujamos hacia adelante. Hacia los bastones y los escudos. Caen piedras. Golpean a algunos. Mientras otros gritan que paren con las piedras. Me ato la camiseta a la cabeza – como si fuera a servir de algo – Me arrastran hacia el frente. Después hacia atrás – Como un horrible mar de mierda. Vuelan cascos. Cachiporra. Palos. Piedras. Huesos rotos. Algunos caen. Las botas los pisan.Hasta que los camiones entran y todos retroceden. Busco a Keith o a John.Todos están intentando hacerse a un lado de la calle cuando – Mierda. Los putos caballos cargan sobre nosotros (…)»

La manipulación de los centros de poder

La otra mitad de la narración se sirve de un estilo más clásico. Un narrador omnisciente con atisbos de monólogo interior que se centran sobre diversos personajes.  Entre ellos Terry Winters, uno de los lugartenientes del «Rey» Arthur Scargill, el mesiánico presidente del síndicato de mineros y también  el «Judío» Stephen Sweet, monje negro de Tatcher, a cargo de digitar la campaña operativa y mediática contra los huelgistas.  Otros dos personajes siniestros ocupan un lugar preponderante en la trama. Neil Fontaine, chofer del judío y agente de los servicios de inteligencia británicos  y «El maquinista», uno de esos sujetos a quienes el poder llama cuando necesita ensuciarse las manos.

Y si Martin y Peter pueden parecer el arquetipo de «soldados» del bando minero, Neil y el Maquinista se presentan como operadores desde la sombra del régimen de Tatcher. Infiltrándose, espíando llamadas o dando palizas clandestinas a víctimas de uno y otro bando para inflamar la histeria.

«El jefe entra en las celdas. Les da instrucciones. Uniformes. Se ponen sus overoles nuevos. Se sientan en sus camas. Hacen crujir sus nudillos. Rechinan sus dientes.

El jefe les da píldoras. El jefe los hace esperar.

Las fugonetas llegan al anochecer. Son diez. Sus puertas abiertas.

Cada equipo entra a su furgoneta. Se sientan detrás con los cascos puestos. Beben. Escuchan música. Ace of Spades a todo volumen

La furgoneta que lleva al Mecánico y a su equipo se detiene. Las puertas se abren

El Mecánico y su equipo salen. Se dirigen al centro del pueblo. Llegan a un pub. Esperan fuera.Rechinan los dientes.

Y esperan.

Los objetivos salen. Fáciles de identificar con sus chapas. Y stickers de huelgistas.

Se han cascado más que unas pocas estos mineros en huelga

El Mecánico les pregunta, «A dónde van?»

«A casa», responden.

El Mecánico y sus hombres se quitan del medio.

Los huelguistas siguen su camino.

El Mecánico y sus hombres los siguen.

Uno de los huelguistas está bastante ebrio.

El Mecánico lo coge.Lo empuja.Le da una palmada en la nuca.

El huelguista borracho se detiene.(…) El resto de los huelguistas vuelven sobre sus pasos.

El Mecánico y sus hombres saca sus bastones.

Listos.»

GB84 de David Peace, escritura de alta tensión

El estilo de este autor es difícil de seguir. Su prosa, plagada de oraciones cortas y fragmentadas, busca dotar de intensidad a la narración. Este tipo de habla en la que se interrumpe de manera constante el flujo natural de la voz es conocida como Staccato y es habitual en situaciones de extremo nerviosismo. Se entiende que el autor haya recurrido a este dispositivo para dotar a la obra de una tensión constante. Desde mi punto de vista lo logra con creces. Mi sensación en muchos pasajes era la de peligro inminente. De fin del mundo. Y no estaba tan errado. Un mundo (el de los mineros, el de los sindicatos poderosos) llegó a su fin. Y nació la bestia que ahora nos domina.

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