La acusación – Bandi

El interés está asegurado: «Cuentos prohibidos de Corea del Norte» reza el subtítulo de esta colección de relatos que nos revelan un regimen delineado como una distópia absurda y abyecta. Al iluminador título se le suma una historia tan atrayente como los cuentos; el cómo este escritor anónimo – solo conocido como «Bandi» (luciérnaga en coreano) – se las ingenió para reflejar la vida en una sociedad bajo constante monitoreo y, especialmente, como el manuscrito pudo sortear el telón de hierro de este Gilead asiático. La certeza de que su autor aún vive detrás de esos muros y – más aún – de que alguien se jugo la vida para escapar de esta dictadura cargando estas páginas, acrecientan el valor de este testimonio.

La Acusación, crónicas desde el reino de lo absurdo

Lo primero que salta a la vista en los 7 cuentos que componen «La Acusación» es un estilo que recuerda a las alegorias, casi de cuentos con moraleja. ¿Hay una intencionalidad en esto? Tal vez, el autor busque enfatizar la sensación de irrealidad en la que viven los ciudadanos de un estado en el que la sinrazón – cual Alicia en el País de las Maravillas – parece estar a la orden del día.

Otro aspecto que todos los relatos acentúan es la manera en que el Estado ejerce el control y perpetúa el status quo. Bandi nos ilustra sobre cómo en Corea del Norte existe una categoría social condenada al ostracismo: todos aquellos emparentados – aún lejanamente – con alguien señalado como enemigo del estado cargan con este estigma en su sangre y tienen vedado el ascenso social. Para aquellos que se enfrentan al estado no existen más salidas que intentar la huída, sucumbir a la locura o enfrentar la muerte. En «La fuga del norte», un hombre a punto de intentar el escape le escribe una carta a un amigo explicándole sus motivos,

«En pocos minutos tomaremos un tren que nos llevará hasta la costa. Allí nos espera una pequeña embarcación que he preparado y he escondido con máxima cautela. Es, ciertamente, una forma muy arriesgada de huir. Podemos caer abatidos por los tiros de los agentes de las patrullas marinas, o las olas y el viento de una tempestad nos pueden tragar como a una hoja. Pero es preferible morir a continuar con el sufrimiento de esta vida miserable»

El régimen no solo exige la sumisión absoluta, los ciudadanos deben cuidarse también de instruirse – ellos y su familia – para dar una imagen de aquiescencia completa. El mínimo desvío, una respuesta equivocada, incluso una cortina cerrada puede ser el disparador del destierro. Como en «La ciudad del fantasma», dónde el terror imaginario de un niño se transfigura en terror real tras una serie de malentendidos que desafían toda lógica.

La deshumanización del individuo

Si hay algo que todos los cuentos enfatizan son las tácticas que el Estado utiliza para despojar a las personas de su condicion humana y que se basan principalmente en amputar de cuajo las relaciones familiares. En «Tan Lejos, tan cerca» un hombre suplica una y otra vez permiso para visitar a su madre moribunda. Las peticiones, presentadas ante una burocracia desmoralizante e inmovilizante, son denegadas sistemáticamente hasta que el protagonista, cansado, desafía la autoridad viajando sin los papeles reglamentarios. En «El escenario», unos informes de dudosa procedencia, y basados en poco más que chismorreos, esgrimidos desde un organismo de control son suficientes para enfrentar a un padre y a su hijo hasta las últimas consecuencias. En «La seta roja», las obligaciones que el Gobierno impone sobre su protagonista lo obligan a cortar las relaciones con sus hijos. En este relato, el más extenso y que cierra el libro, también se detalla la forma en la que el aparato estatal manipula la información para adecuarla a sus fines. El poder se asegura de que el poder siempre tenga razón en Corea del Norte.

Algunos podrán encontrar que el estilo narrativo es un tanto anticuado y que puede afectar la fluidez de la lectura. Sin embargo, la curiosidad – y quizás también el morbo – por descubrir la tortuosa vida de los habitantes de este país hacen que los relatos conserven el interés de principio a fin. Mi experiencia personal con estos cuentos ha ido de menor a mayor y cuando he terminado de leer «La Seta Roja» me he descubierto deseando sumergirme aún más en esa realidad tan aberrante que puede equipararse al Reino Soñado de Kubin o a cualquier pesadilla de Kafka.

La imagen que acompaña esta reseña es de Lia Kantrowitz.

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