La Chaco – Juan Solá

Tapa de La Chaco de Juan Solá

Hace poco leí el breve «Negra de Mierda» de Juan Solá por Internet. El relato toma una situación habitual – un lugar común compartido por el argentino medio – y la transforma, en pocas líneas, en una experiencia desgarradora, transformadora. Es como una «bomba pequeñita» pensé – plagiando al Indio Solari – con una potencia capaz de estallarte en la cara. Es un artefacto con una onda expansiva que va mucho más allá del punto final.

Como por arte de magia, pocos días después me encontré en una librería con una novela – también breve – de Juan Solá. Cuando la ví supe que la compraría, aunque me hice el interesante coqueteando con Saer, Piglia y Federico Falcó.

El travestismo desde dentro en La Chaco

En una época en que se han afirmado el empoderamiento femenino y la – relativa – normalización de la homosexualidad, aún persisten minorías excluídas del sistema y consideradas anormales. El travestismo – situado en esta confluencia – es uno de esos grupos que todavía genera urticaria en las damas bienpensantes y los hombres blancos – machitos dijo la partera – de bien.

En La Chaco, Solá da voz a esos espacios olvidados, situados en las márgenes, maltratados simbólica y – a menudo – físicamente. El título refuerza esta situación periférica, pues si bien alude al origen del protagonista, también nos recuerda a una de las regiones más pobres e ignoradas de la Argentina. Y el autor sabe de esto pues creció en esa provincia

A tono con el estado proteico de sus personajes, el relato se sitúa en la intersección de varios géneros: la novela coral, el realismo sucio y la novela de iniciación. La estructura tripartita – Gusano, Crisálida, Mariposa – acentúa el proceso de cambio y transformación por el que transitan las protagonistas.

La trama gira alrededor de Ximena – nacido Sergio – , una transexual que llega a Buenos Aires, escapando de la rígida mentalidad provinciana. Ya situada en el barrio de Constitución – un lugar a la vez relacionado con la sordidez y la libertad – conocerá a otras chicas en su misma situación, entre ellas Galaxia que se convertirá en su mejor amiga y confidente. Y aunque Ximena lleva el peso de la historia, es Galaxia – y su evolución – quien se «roba» la novela. Pero el brillo que desprende este personaje no rebaja a los demás. Solá cuida con esmero a cada una, regándolas con mimo para que florezcan en el momento adecuado. Haciéndolas crecer a partir del dolor.

Como en «Negra de Mierda», sorprende la capacidad del autor para llevarnos – por no decir arrastrarnos de los pelos – dentro de la vida interior de un personaje. Y nada nos conecta con alguien como su propia descripción del recuerdo. Las partes más memorables de La Chaco son aquellas en las que las chicas reviven – a veces recordando, a veces contándolo a otros personajes – aquellas situaciones que dejaron huella en su niñez, que marcaron su decisión de vivir según su naturaleza íntima, en lugar de dejarse llevar por los dictados de la «normalidad».

«Tenía lindos planes, Víctor. Quería comprarse una casa, un auto, tener un patio grande para que jueguen los perros. Su aspiracionismo a clase media, sin embargo, era un poco irritante.

Los travas no compran casas.

Víctor era el tipo de homosexual que piensa que el que quiere, puede y termina por condenar al que no puede. Mira esa actriz, es travesti, dijo una vez. Si un travesti se lo propone, llega.

A Sergio le daban ganas de responderle que se fijara en algún homosexual exitoso y luego se preguntara por qué seguía empanando milanesas en el local que el padre había puesto en el garaje de una vivienda del gobierno. Pero no decía nada. No daba. Ya había aprendido a ignorar las verdades de Víctor»

Humor y violencia

Para los que miramos desde fuera, el ambiente del travestismo y de la homosexualidad está plagado de estereotipos: los canas hijos de puta que se aprovechan, los putos no asumidos, los que bordean el grotesco vestidos de mujer. Solá no los esquiva, al contrario, se vale del lugar que estas imágenes se ganaron dentro del inconsciente colectivo para reforzar el aspecto cómico. Las veleidades del Nabuconodosor Mamaní, alías «Hiedra Venenosa» Mamaní o los tempraneros esfuerzos del padre de Duilio Antonio – ahora Carina – para que su hijo se interesara en las mujeres, complementan y hacen el relato más fácil de digerir. Por que «La Chaco» se lee con una sonrisa en los labios y un nudo en la garganta.

«Su padre estaba chocho con él y le gustaba verlo así, aunque fuera en medio de un salón en penumbras y lleno de prostitutas.

-Vos mirá bien y decime cúal te gusta.

-Bueno.

-Te gusta esa? tTiene lindo ojete.

-Puede ser…

-Tomá la cerveza, que se calienta y sale cara, hijo, no seas pelotudo.

– Perdón – se apresuró a decir Duilio, y bebió.

-¿Y aquella te gusta? Bien tetona

-Sí, también

-¿Te gustan más las tetas o los culos?

-No sé, los dos.

-¡Esa! ¡Hijo de Tigre!»

La violencia es otro elemento presente, aún más que el anterior, en esta novela. La agresión y la furia son el tributo que deben pagar para poder vivir según sus propios términos. La sola existencia de un travesti es un cachetazo a la cara del orden establecido y el castigo por esta afrenta viene desde todos lados: Desde el estado a través de la policía, desde los medios, y en su niñez desde sus pares – compañeritos y amigos – y esencialmente desde la familia.

«Una mañana de domingo , desnuda frente al espejo osé esconderme el pene entre los muslos: Ellos estaban en misa, pero habían llegado antes(…) Papá entró al dormitorio y me sorprendió jugando. Apretó los dientes, se arrojó sobre mí y los puños de los chicos de la escuela ya no eran tan poderosos comparados con los suyos.

Sentada en la ducha, llorando, veía la sangre y el agua tibia arremolinándose en el desague. Las chicas de la escuela decían que la primera vez que sangrás duele, pero nunca me imaginé que tanto.»

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