La Fiebre del Heno – Stanislaw Lem (1976)

Aunque se sitúa en un futuro no muy lejano – al que se hace mención solo tangencialmente – «La Fiebre del Heno» sobresale dentro de la obra de Stanislaw Lem por no tener a la ciencia ficción como tema principal. De la misma manera que en Solaris, Lem utiliza el escenario futurístico para plantearse cuestiones filosóficas sobre lo que significa ser humano, en esta novela toma prestados los ropajes de la novela policial con el objeto de desarrollar una profunda reflexión sobre la influencia que tiene la casualidad en nuestras vidas.

De las carreteras de Nápoles al aeropuerto de Roma

Ya desde el primer capítulo, (que puede leerse completo en este link) «La Fiebre del Heno» desestabiliza al lector. El narrador – una voz en primera persona que se adivina incómoda y que a su vez nos incomoda – nos hace partícipes de un viaje en coche entre Nápoles y Roma. En este periplo, el protagonista ha tomado el papel de un tal Adams, ciudadano norteamericano atropellado en plena autopista. El objetivo es replicar de manera sistemática la travesía del fallecido para intentar descubrir las razones detrás de las extrañas circunstancias de su muerte.

El personaje principal no es un detective sino un ex-astronauta, elegido para el trabajo por reunir las mismas características de Adams: norteamericano, a punto de llegar a los cincuenta años y afectado por la fiebre del heno (alergia al polen). A medida que la historia avanza también sabremos que Adams no es sino el último de una serie de muertes: todos varones que habían llegado a Nápoles para tomar baños sulfurosos.

Tras arribar a Roma sin mayores contratiempos, el protagonista se apresta para viajar a Paris, pero un atentado en el aeropuerto retrasa su partida. Este incidente, que afecta de primera mano al astronauta, comienza a perfilar la tesis del autor acerca de la influencia del azar en nuestro día a día. Este evento, a priori insignificante en el curso de la investigación, demostrará ser relevante más adelante.

Cónclave en los suburbios de París

El tercer capítulo comienza a echar algo de luz sobre la naturaleza del misterio, aunque no de su desenlace. Ya en Paris, el astronauta acude a consultar al doctor Barth, un matemático experto en estadística, a quién le explicará (al mismo tiempo que a nosotros lectores) los pormenores del caso. La profusión de detalles de cada una de las muertes y el juego dialéctico – intelectual entre ambos convierten a este pasaje en uno de mis preferidos. Lem no nos guía hacia un rumbo en particular sino que deja al lector formar sus propias conclusiones. En este momento es cuando se hace necesaria una relectura de los pasos previos del protagonista para detectar aquella pista, al parecer tan obvia, que habíamos pasado por alto.

Pero ni siquiera la reunión de las grandes mentes convocadas por Barth pueden solucionar el enigma. Los hechos, diseccionados cuidadosamente ante nosotros, y alguna que otra información novedosa, aportada por una de las partes, no serán suficientes. Hará falta que el destino, la suerte o la casualidad (llamémosla como queramos) meta su mano para descubrir al responsable de las muertes.

Stanislaw Lem, entre la deducción lógica y el componente irracional

Cabe señalar que «La Fiebre del Heno» nos enfrenta a un arco casi perfecto de lectura: De una completa ignorancia inicial a un desenlace perfectamente racional. Sin embargo, esta travesía entre lo desconocido y lo lógico y reconfortante sufre una pequeña bifurcación antes del final. La resolución exitosa del caso exige un sacrificio – del personaje, cuya vida corre peligro dentro de la historia; del lector, que debe abandonar temporalmente el terreno firme al que finalmente había arribado en la trama y también del autor, que debe desviarse del circuito virtuoso al que antes haciamos referencia para arriesgarse en el reino de lo irracional.

Así, este desvío a través de los terrenos inciertos del inconsciente no hace sino reforzar el concepto nuclear de la novela: la irrupción del caos dentro de lo racional. Algo, por otro lado, que he observado a menudo autores de Europa del Este. Pienso en «El otro lado» de Kubin, en «Solenoide» de Cartarescu o en Meyrink.

En definitiva, «La fiebre del heno» reconcilia el aspecto más lógico y deductivo de la novela policial clásica con la perspectiva expresionista – a veces absurda – típica de la Europa oriental, que nos entrega una visión menos optimista de la condición humana. Un verdadero desafío para aquellos que buscan ejercitar ambos hemisferios de su cerebro.

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