Lejos de Rueil – Raymond Queneau (1944)

Es muy difícil perderse en el bosque de los libros. Los caminos están bien consolidados. Solo de vez en cuando se abre algún sendero desconocido, una huella que irá afirmándose para  luego convertirse en una carretera transitada. Al leer «Lejos de Rueil» no avanzaremos por vías marcadas, tampocos por sendas que se abren paso. Queneau propone un paseo a campo través por un paisaje onírico, en el que nos perderemos, caminaremos en círculos y tomaremos atajos para volver al punto de partida. El sentido común no le hará falta, lector, solo una mente abierta y la capacidad de imaginar.

La trama parece ser lo de menos en esta novela. Asistimos a una vida – la de  Jacques L´Obole – que discurre por un cauce donde se cruzan constantemente imaginación y realidad. Este mismo cáracter liminal  guiará las empresas del protagonista: Crear una raza de piojos gigantes, encontrar la vacuna para una enfermedad existencial o convertirse en santo.  

Elogio de la quimera

Portada de la edición en español

La historia se presenta con las características propias de la ensoñación: Situaciones fragmentadas, a veces inconexas y en otras ocasiones francamente absurdas. Además, la frecuente utilización de elipsis, con grandes saltos temporales entre capítulo y capítulo nos recuerdan  al lenguaje cinematográfico.  

En una de sus primeras apariciones, L´Obole – niño aún – asiste a una función de cine. La fascinación mágica de transitar otras vidas no lo abandonará durante el resto de sus días.  Así, a lo largo del relato, Jacques se convertirá en campeón del mundo de boxeo, químico (o alquimista), último descendiente de la familia real, capitan de barco,obispo, entre otras muchas ensoñaciones diurnas. Mientras tanto, su vida (o lo que comunmente se conoce como «vida») pasará por el costado:

«Las largas jornadas en que no sacaba partido de su profesión las distribuía según diversas inocupaciones y pronto llegó así a excluir de su tiempo todo relleno y vaciar su existencia de los incidentes deseables o temidos que le hacen a uno creer que vive»

El lenguaje de Queneau está lleno de deliciosas insensateces. Juegos de palabras, términos inventados, alusiones oscuras, enumeraciones desquiciantes.  Los diálogos (chispeantes, acrobáticos y plagados de expresiones coloquiales) no tienen desperdicio y,  más que hacer avanzar el relato, son un fín en sí mismos. El humor (hilarante, sarcástico, a veces cruel, otras incomprensible, casi como si se tratara de un chiste privado) desborda por los cuatro costados. 

– Pues mire, señor. Uno de mis amigos llamado Belespine prepara una antología de los grandes poetas contemporáneos desconocidos.

– ¿Quienes son?

– Anatole de Saint-Symphorien, Adalbert Mirus, Simplex de la Ruine-Egale.

– No conozco ninguno de esos fulanos.

– Ursule Culdasne, Paulinette Train, Éliane de Quint-Pin

– No conozco a ninguna de esas malditas poetastras.

– Naturalmente puesto que todos son desconocidos.

– ¡Desconocidos! ¡Desconocidos! ¡Como si hubiera docenas al mismo tiempo! ¡No! ¡en cada época no hay más que un desconocido! ¡y en la época! ¡que vivimos! ¡en este momento! ¡ese desconocido! ¡soy yo!

– Lo admito pero una antología requiere varios nombres.

-¿Y has pensado en mí?

-Por eso he venido a verlo.


Raymond Queneau, un artista total

«Lejos de Rueil»  es una de las novelas menos conocidas del autor de «Zazie en el metro» y «Ejercicios de estilo».  Estamos ante uno de los autores más originales y provocativos del siglo 20, definido por Boris Vian como «el único autor que combina al mismo tiempo un estilo, unas ideas y una lengua únicos.» Sus obras están marcadas por una búsqueda que lo emparenta con el  L´Obole de la novela: fue escritor, pintor, ensayista, matématico, traductor y claro, actor.

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