Meridiano de Sangre – Cormac McCarthy (1985)

En la literatura norteamericana , el sur y el oeste se atraen de una manera magnética. Esto tal vez se deba a que ambas regiones comparten una herencia de violencia y de locura. Quizás porque generaron sueños sublimes que nunca terminaron de cuajar. O a lo mejor, porque quienes forjaron su historia no se guiaron por la razón sino por la sangre. El sur y el oeste son los polos entre los que se mueve el que considero es el género más genuinamente estadounidense, el gótico sureño. De esta confluencia surge de uno de sus puntos más elevados, «Meridiano de Sangre» de Cormac McCarthy.

Hacia el corazón de la tinieblas

La novela nos sumerge dentro de la historia del «chico» (The kid en el original). Su pulsión por la sangre es resumida brevemente por McCarthy en la primera página. Nació matando a su madre. Desarrolló un gusto por la violencia sin sentido en su niñez. Escapó de casa en la adolescencia. Tras varias reyertas, balazos dados y recibidos nos lo encontramos en Texas, donde se unirá a la banda de Glanton, un grupo de mercenarios que sale a la caza de Apaches por las desoladas planicies del sur norteamericano. Los integrantes del grupo se mueven por la fina línea que separa la humanidad de la bestialidad, la vida de la muerte, son espectros sin otra meta que seguir adelante.

«Las sombras negras de los jinetes se inclinaban, recortándose sobre la piedra de manera austera pero implacable, como formas capaces de violar el pacto que las unía a la carne que las engendraba y seguir de manera autónoma a través de la roca, emancipadas ya de cualquier sol u hombre o dios.»

Esta expedición paramilitar tiene antecedentes históricos. En 1849, un exsoldado y mercenario de nombre Glanton dirigió una partida de cazadores de cueros cabelludos que asoló la región. No fue sorpresivo que la empresa pronto degenerara en una brutal masacre y los forajidos comenzaron a matar no solo indios sino también granjeros mexicanos, entre los que se incluían mujeres y niños. Esta deriva asesina se refleja en la narración y coincide con el ascenso del personaje más potente del relato, el Juez Holden.

Si en un principio el peso la narración recae sobre el chico, a medida que la banda se interna en el territorio de lo salvaje, el Juez comienza a revelarse como verdadero centro de gravedad. Aunque no es nominalmente el líder, su ascendiente sobre el resto del grupo, incluído Glanton, es incuestionable. Imponente físicamente, con una piel extremadamente pálida y lampiña, sin cejas ni pestañas, su figura se mantiene impoluta en contraposición a la decadencia del resto de los personajes. Su erudición parecería no tener límites, puede leer las edades de la tierra en la roca o fabricar pólvora con sulfitos y orina junto a un volcán extinguido. Su sed de sangre tampoco, cosas malas les ocurren a los niños cada vez que Holden anda cerca.

Se ha escrito mucho sobre este personaje. Entre la infinidad de interpretaciones que se han arriesgado sobre la naturalieza de Holden, una de las más llamativas es la comparación que se hace entre el juez y Moby Dick, como representantes de la maldad absoluta, apelando a la característica «cetácea» de la piel sin vello del Juez y de la admiración de McCarthy por Melville. Desde mi punto de vista en el Juez resuenan ecos de Nietzche «Yo sólo creería en un Dios que supiera bailar» cantó Zarathustra. Burlón, tranquilo o despiadado, Holden asume el papel de una divinidad preternatural.

«El chico miró a Tobin. ¿Juez de qué es? preguntó.

¿Juez de qué es?

Juez de qué es.

Tobin pispeó a través del fuego hacia donde estaba Holden. Ah, joven, respondió. No hables tan alto. Te va a oír. Tiene los oídos de un zorro.»

La estética de la violencia

Con McCarthy no hay medias tintas. Una furia visceral late desde el principio de la novela, una violencia desatada que lo acompañará, lector, hasta las últimas páginas. Quienes tengan el estómago disfrutarán de esta tensión permanente: La posiblidad de la sangre siempre está. Todo es susceptible de ser masacrado:

«Lo primero que vió Glanton fue un gato que, en ese instante se posaba tan silenciosamente como un ave sobre la muralla que daba al otro lado. Glantón apuntó la enorme pistola con una mano y tiró hacia atrás el percutor. La explosión en ese silencio sepulcral fue enorme. El gato simplemente desapareció. No hubo ni sangre, ni gritos, solo se esfumó en el aire (…) Un grupo de aves picoteaba el polvo en una de las esquinas del patio. La pistola rugió y una de ellas explotó en una nube de plumas. (…) Glanton giró con el arma y le disparó a una pequeña cabra, que intentaba pegarse, muerta de miedo, contra uno de los muros , y que cayó redonda sobre la tierra. (…) una mujer apareció sobre la entrada de la casa y uno de los mejicanos le dijo algo por lo que desapareció tan rápido como había aparecido. Glanton miró a Holden y después a Speyer. Éste último sonrió nerviosamente.

Ellos no valen ni cincuenta dólares»

Esta violencia se replica en una visión tan magnífica como apocalíptica de la naturaleza. El grupo de malvivientes se mueve mecanicamente a través de la llanura sin prestar demasiada atención al sublime paisaje que se cierne a su alrededor. Las imágenes de McCarthy son terriblemente potentes, como un mar enbravecido o un volcán en erupción. La belleza de la destrucción.

«El sol se acababa de poner y al oeste las nubes formaban arrecifes rojo sangre sobre los que se elevaban pequeños halcones, que parecían huir del gran incendio desatado detrás del horizonte.»

«Las sombras de las piedras más pequeñas dibujaban trazos finísimos sobre la arena y las formas de los hombres y sus monturas avanzaban estiradas delante de ellos como hebras de la noche desde la que habían surgido, o como tentáculos que los amarraban a una oscuridad que pronto se revelaría. Se movían con la cabeza gacha y sin rostro bajo los sombreros, como un ejército que marchaba dormido hacia la batalla»

La lectura deja escenas grabadas en la retina y la tentación de transcribir cada pasaje memorable. Es imposible. Solo podemos encomendar encarecidamente que se animen a ese universo terrible y maravilloso.

Amado u odiado, Cormac McCarthy, es sin duda uno de los grandes escritores de los últimos 50 años. Solo hay que animarse a esta ruleta rusa, girar el tambor y ver en cúal cae: «La carretera», «Todos los hermosos caballos» «Sutree» o «Meridiano de sangre». Todos tienen la capacidad para volarte la cabeza.

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