Temporada de Huracanes – Fernanda Melchor

Anibal cruzando los alpes - Turner

¿A quién le importa que una loca – que vive sola y que todos dicen es medio bruja – aparezca con el cuello rebanado y la cabeza reventada en una charca de agua podrida cercana a un pueblo olvidado del interior mexicano? «A nadie», parece ser la respuesta que ensaya Fernanda Melchor en «Temporada de Huracanes».

El asesinato de una mujer, casi un lugar común – no son raros estos crímenes en cualquier punto de las latitudes latinoamericanas, menos aún en México; ya Bolaño le dedicaba un capítulo entero de «2666» – pareciera ser apenas una excusa para dar rienda suelta a una radiografía de las capas más humildes de la sociedad. La narración nos devuelve una imagen virulenta del México postergado, diseñada a partir de un lenguaje incesante y abrumador.

Herencia de sangre

«Temporada de Huracanes» gira alrededor de una misteriosa curandera: la «bruja» – hija de otra hechizera, muerta desde hace años en un alud que sepultó a medio pueblo – que vive sola en una mansión derruida. Se dice que tiene tratos con el diablo, que le gustan los jovencitos; que la casa esconde un tesoro inconmensurable. En la Matosa – una comarca gris, exprimida por el negocio del petróleo – también circula la versión de que prepara menjunjes para aquellas mujeres que quieren sacarse «un problema» de encima.

«Si hasta los varones del pueblo se resistían a pasear de noche por esa casa; todo el mundo sabía de los ruidos que provenían de ahí adentro, los gritos y lamentos que se escuchaban desde la vereda y que la gente se imaginaba que eran las dos brujas fornicando con el diablo, aunque otros más bien pensaban que nomás era la Bruja Vieja que se estaba volviendo loca, porque para entonces ya casi no recordaba a la gente y entraba en trance a cada rato, y todos decían que Dios la estaba castigando por sus pecados y sus cochinadas, y sobre todo por haber procreado a esa heredera satánica, porque ya para entonces la Bruja presumía, cuando las mujeres se atrevían a preguntarle quién era el padre de la Chica, un misterio que nadie se aclaraba porque nadie supo bien cuándo llegó la hija al mundo; don Manolo, eso sí, llevaba muerto muchos años ya, y pues no se le conocía marido, no salía de la casa nunca ni frecuentaba los bailes, y en realidad lo que ellas realmente querían saber era si fueron sus propios maridos de ellas los que le hicieron aquella grosería de criatura, y por eso se les ponía la carne de gallina cuando la Bruja se les quedaba viendo con una sonrisa torva y les decía que la Chica era hija del diablo»

A medida que se desarrollan los testimonios de aquellos relacionados con el asesinato, nos enteramos de que casi todo lo que se dice de ella es verdad, y que aún hay más. Cada capítulo, narrado por un personaje diferente, nos acerca a descubrir la clave del acertijo, pero a la vez abre nuevos caminos; al contarnos su participación en el incidente con la Bruja, los protagonistas avanzan sobre sus propias historias; experiencias desgarradoras, marginales. La vida es despiadada en este rincón de México.

Los diferentes puntos de vista también enriquecen nuestra visión de los participantes de la tragedia. Así es como la prima del Luismi, uno de los supuestos asesinos nos dice que:

«el chamaco ese creció para convertirse en un animal salvaje que nomás tiraba pal monte cada vez que lo dejaban suelto, incluso a deshoras de la noche, porque según la abuela esa era la forma en que se criaba a los varones para que no le tuvieran miedo a nada»

Por el contrario, Norma, una joven de 13 años que ha escapado de su casa embarazada de su padrastro tiene una visión muy diferente de Luismi:

«Luismi le dijo a Norma que no tenía dinero para ayudarla, pero que si ella podía esperarlo un rato, tal vez él sería capaz de conseguir algo, y entonces podrían comer unas tortas ahí enfrente del parque; y, si Norma quería, podía también quedarse a pasar la noche con él, en su casa, nada más que él no vivía ahí en Villa, sino en un pueblo que se llamaba La Matosa, a trece kilómetros y medio de ese sitio; si ella quería, claro, porque era lo único que él podía ofrecerle para ayudarla, para que dejara de arruinarse sus ojitos tan lindos con todas esas lágrimas, pero, bueno, si ella no quería pues no había bronca… Solo tenía que prometerle que por nada del mundo se subiría a la camioneta del tal Cuco, porque todos en el pueblo sabían que ese güero era un hijo de la chingada que les hacía cosas malas a las morras, cosas horribles de las que él no quería hablar en ese momento, pero lo importante era que Norma entendiera que jamás de los jamases debía subirse a esa camioneta, ni tampoco ir a pedir ayuda a la policía, porque esos cabrones tenían el mismo patrón, y a final de cuentas eran más o menos lo mismo.»

Todos los personajes de la novela sufren esta metamorfosis. La escritura de Melchor funciona como un lente, que se acerca y aleja, pero que también los rodea a través de un travelling, revelando varias de las facetas de su carácter. La autora coincide con esta visión, “Escribir ficción es como agarrar esos pedazos que están rotos, dispersos, y crear algo con el fin de entenderlo”, comentó Melchor en una entrevista publicada en la web de la revista literaria Gatopardo. Este dinamismo se refuerza con una compresión y un estilo tan caótico como cautivador.

La potencia del lenguaje en Temporada de Huracanes

El registro coloquial, el lenguaje «de la calle», ese que sazona la verdad con exageraciones, chismes y mitificaciones es esencial para dar sentido a esta novela. No solo por la elección del léxico, con expresiones y jerga mexicana, sino también por el estilo caótico, enrevesado, apabullante. Las interminables oraciones de «Temporada de Huracanes», amenazan con arrastrarnos en remolinos, pero no lo hacen; la maestría de la escritura de Melchor radica en nunca perder el control. En muchos pasajes, en pocas líneas, la persona que habla, los puntos de vista y lo que se cuenta cambia entre yo, tú y el, pasado y presente sin ningún corte en el fluir de la lectura. El lector solo tiene que dejarse llevar.

«Pero el chamaco, que al fin se había puesto a escucharlo con algo parecido a la atención, nomás sacudía la cabeza y decía que no, que Norma no era así, que Norma nunca hubiera sido capaz de hacerle esas cosas, y el Munra se rio de la inocencia del chamaco: todas son iguales, cabrón; todas son igual de mañosas, capaces de las peores chingaderas nomás para tenerte a su lado, y total que el chamaco acabó encabronado y desde ese momento se encerró en un mutismo hosco y rencoroso del que Munra ya no logró sacarlo, ni llevándolo después al Sarajuana ni pagándole otra ronda de esa pinche cerveza templada que ya era como tradición de la cantina, o más bien culpa del viejo frigorífico del año del caldo, de cuando debutó la Sarajuana como reina del Carnaval de Villa, tú; de las épocas de cuando las culebras caminaban paradas. Mija, volvió a decirle por enésima vez el Munra a la nieta de la Sara, ¿por qué no te pones a picar hielo y metes ahí las cervezas desde temprano, para que cuando yo llegue ya estén bien heladas? La chamaca ya conocía al Munra y se limitaba a chasquearle la boca y torcer la cadera con una mano en la cintura antes de revirarle: pues ni que estuvieras tan bueno, cabrón; si no te gusta la puerta es muy grande, y el Munra la mandaba a chingar a su madre con un gesto de su brazo, pero ninguno de los dos se ofendía realmente porque ambos sabían que el Munra siempre terminaría regresando a la cantina, y no porque la muchacha le hiciera brujería sino porque era la cantina más cercana a su casa: quinientos metros de terracería apenas, ni siquiera había que dar la vuelta, nomás se subía a la camioneta y avanzaba todo derecho y ya estaba frente a su casa, sin tener que agarrar la carretera, sin tener que exponerse a tener otro accidente como el que casi le cuesta la pierna, en el año 2004, el 16 de febrero del 2004, cómo olvidarlo: aquel camión que quiso dar vuelta en u sin luces a la altura de San Pedro, hijo de toda su putísima madre; Munra iba tan pedo que no alcanzó a verlo y se embarró contra él y los huesos de la pierna se le hicieron polvo; los doctores dijeron que iban a mocharlo, y él dijo que no, que ni madres, que no le hacía que la pata le quedara chueca o que le faltaran pedazos de hueso, que su pata era suya de él y que nadie iba a cortársela, y los doctores dijeron que nel, que no se podía; que esa pierna ya nunca iba a servirle para nada de todas formas, y que además representaba un riesgo de infección demasiado elevado, pero Munra se aferró y con ayuda de la Chabela se escapó del hospital un día antes de que se la cortaran, y al final los trabó a todos los doctores, putos, porque la pata no se le infectó ni se le murió, nomás le quedó como metida para adentro, ¿no?, como doblada del pie, pero con todo y eso podía caminar, incluso sin las muletas podía dar sus buenos pasos, ¿verdad? No era como que a huevo tenía que estar amarrado a una silla de ruedas, ¿verdad? Y además tenía la camioneta; esa se la había comprado a un viejito en Matacocuite que se la trajo de Texas, bien barata que le salió, treinta mil varos, la mitad de lo que le dieron los de la empresa del camión que lo atropelló como compensación por el accidente. Aquella camioneta le había salido bastante buena y cuando se iba a la carretera montado en ella a cien por hora sobre la recta con las ventanillas abiertas y viéndolo todo desde arriba, bien padrote, era un poco como si el accidente no hubiera sucedido nunca, como si él todavía fuera el mismo bato que andaba por toda la costa en moto, llevando los pedimentos entre las agencias de la costa, el cabrón que bailaba salsa hasta que le amanecía y que agarraba a la Chabela y la cargaba y le callaba el hocico a besos y se la clavaba contra la pared hasta hacerla venirse en pedos, hija de la verga, ¿dónde carajos estaba? ¿Por qué coño no le hablaba?»

A pesar de que en pocas páginas se condensan voces, tiempos y acontecimientos tanto el desarrollo de la historia como los temas se observan con nitidez. La indefensión de las mujeres ante la violencia patriarcal, que muchas veces coincide con la corrupción estatal; la falta de proyectos si se ha nacido del lado equivocado de la sociedad y los prejuicios que predominan en las comunidades cerradas son algunos de los aspectos reflejados en este libro, finalista del Premio Booker Internacional 2020. Una novela atrapante de una de las escritoras con más proyección de la actualidad.

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