Relectura – Trilogia de New York – Paul Auster

Nueva York

En mi primera experiencia con las tres «novelitas» (utilizo el diminutivo por su extensión) que conforman el título más reconocido de Auster me estanqué en la última. El segundo relato me había parecido una remasterización de los temas y obsesiones del primero. Y recuerdo haberme dado por vencido al comprobar que la historia que cierra la trilogía se movía en las mismas latitudes. ¿Mis sensaciones de aquella primera lectura? La de escritores jugando a ser detectives privados y alertándonos sobre ello. En la relectura actual ni siquiera pude terminar «Fantasmas», la segunda de las historias.

«Ciudad de Cristal» de Auster

Daniel Quinn escribe novelas de misterio bajo un seudónimo. A pesar de no ser «literatura seria», sus escritos gozan de un aceptable suceso y se venden bien. Pero el éxito no satisface a Quinn que, se intuye, desearía escribir libros más profundos. Hasta que una llamada en medio de la noche sacude su mundo, alguien tiene un trabajo para el detective Paul Auster.

A partir de este punto comienza un interminable juego de espejos y metaliteratura que se prolonga en «Fantasmas» y «La habitación cerrada». Quinn, pretendiendo ser Auster – el investigador privado, no el escritor – aceptará un caso complicado. Un tal Peter Stillman necesita ser protegido de su padre, Peter Stillman, que acaba de salir de prisión y que fue condenado por mantener a su hijo, Peter Stillman, aislado y encerrado durante 9 años. Al parecer el propósito de Stillman – padre – era lograr que el pequeño desarrollará un lenguaje primigenio cercano al de la divinidad. Como resultado, el habla de Stillman – hijo – se ha visto profundamente alterado y se comunica de la siguiente manera:

«Peter puede hablar como las personas ahora. Pero todavía tiene otras palabras en su cabeza. Pertecen al lenguaje de Dios, y nadie más puede pronunciarlas. Tampoco pueden ser traducidas. Por eso Peter está tan cerca de Dios. Es por eso que él es un poeta tan famoso»

La desconfianza en la capacidad de las palabras para reflejar el mundo, propia del posmodernismo, se evidencia en la obsesiva búsqueda de Stillman padre y el balbuceo apenas comprensible de Stillman hijo. En esta línea y tras acechar durante semanas al viejo, el protagonista se reconoce incapaz de encontrar sentido – otro rasgo posmodernista – a la aventura en la que se encuentra inmerso por lo que decide recurrir al verdadero detective Paul Auster; pero solo para toparse con el escritor Paul Auster. A esta altura la ficcionalización del autor como un doppelganger del protagonista ya no sorprende y tampoco el curso que tomarán los acontecimientos. El final abierto – característica compartida con los otros dos relatos – intensifica la incertidumbre y deja abierta la puerta a reflexionar – entre otras cosas – sobre como construimos nuestra identidad y sobre la permeabilidad de los límites entre la ficción y la realidad.

Variaciones posmodernistas

De mi relectura fallida pude rescatar algunas certezas que tienen que ver – esencialmente – con la estrategia de ataque. Si bien es verdad que las tres novelas suelen venir en un mismo volumen, detecto una cierta futilidad al leerlas una detrás de otra. Coincidimos en que la buena literatura desestabiliza nuestra visión del mundo y nos induce – a veces nos fuerza – a la instrospección. Mi sensación es que cada una de las novelas que componen esta trilogía poseen esta capacidad, pero que juntas generan un anquilosamiento de sentido. La sobreexposición a la multitud de ideas y planteamientos que se abren a partir de estas páginas conducen a la saturación y al aburrimiento. Auster es consciente de esto y lo deja traslucir a veces solo tangencialmente, a veces – como en «Fantasmas» – mencionándolo sin duplicidades:

«Se sentía como alguien atrapado en una habitación, condenado a leer el mismo libro por el resto de su vida. Algo que ya era lo suficientemente extraño – estar solo medio vivo, percibiendo el mundo solo a través de las palabras, viviendo a través de las vidas de los demás. Pero si el libro al menos fuera interesante no estaría tan mal. Podría meterse dentro de la historia y, por decirlo de alguna manera, ser gradualmente absorbido por esta. Pero este libro no le ofrecía nada. Sin historia, sin trama, sin acción, nada más que un hombre sentado escribiendo un libro. Azul se dio cuenta de que eso era todo y de que no quería seguir siendo parte de esa historia. Pero, ¿cómo escapar? ¿Cómo podría escapar de la habitación en la que se ha convertido el libro que seguirá siendo escrito mientras él permanezca en la habitación?

La habitación cerrada, como espacio de posibilidades y a la vez del surgimiento de historias – es decir, la génesis del storytelling – es común a los tres relatos y se presenta como principal metáfora de los textos. A esto se suma la estructura clásica de las historias de detectives que sugiere una travesía en búsqueda de la verdad. Pero entonces, ¿a qué nos enfrentamos cuando leemos una novela? ¿Ante un espacio cerrado? ¿Ante una multiplicidad de posibilidades? La oposición polar nos obliga a elegir una o a seguir caminando en arenas movedizas. No hay una respuesta adecuada, solo una respuesta. Regreso, por vez postrera, a un fragmento de «Ciudad de Cristal», quizás – solo quizás – mi preferido. Quinn espera en Grand Central a Stillman padre para comenzar su vigilancia asegurándose por todos los medios de reconocerlo. Pero dos Stillman – idénticos en fisonomía, diferentes en apariencia – se presentan. ¿A cual seguir?

«Directamente detrás de Stillman, otro hombre se detuvo y encendió un cigarrillo, era el doble de Stillman. Por un segundo pensó que era una ilusión, una especie de aura generada por la corriente electromagnética del primer Stillman. Pero no, este otro Stillman se movía, respiraba y parpadeaba independientemente del anterior….»

«Quinn se quedó duro. No había nada que pudiera hacer que no fuera un error. Cualquier decisión que tomara – y tenía que tomarla – sería arbitraría, estaría subordinada a la suerte. La incertidumbre lo seguiría hasta el final.»

La respuesta, arriesgo, es que no hay respuesta. Las posibilidades de lectura son infinitas para el lector, mientras que para el escritor – quizás, solo quizás – solo hay una. Al poner el punto final, el autor fosiliza su versión, que luego será despedazada en mil fragmentos, acto paradójico que constituye la verdadera magia del acto de leer.

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