Un tipo entra a un bar – Lee Child

cuento de Lee Child

Tenía más o menos diecinueve años. No más grande. Quizás más chica. Una compañía de seguros le habría dado sesenta años más de vida. Yo supuse que una proyección más precisa era treinta y seis horas, o treinta y seis minutos si las cosas salían mal desde el vamos.

Era rubia y de ojos azules, pero no americana. Las chicas americanas tienen un brillo, una gracia, de muchas generaciones de abundancia. Esta chica era diferente. Sus ancestros habían conocido las privaciones y el miedo. Llevaba esa herencia en su cara y en su cuerpo y en sus movimientos. Sus ojos eran desconfiados. Su cuerpo era delgado. No el tipo de delgadez que viene de una dieta, sino el tipo de delgadez darwiniano que viene de que tus abuelos no tenían comida, y o bien se murieron de hambre o no. Sus movimientos eran frágiles y tensos, algo alertas, algo nerviosos, por más de que en la superficie la estaba pasando tan bien como lo puede pasar una chica.

Estaba en un bar de Nueva York, bebiendo cerveza, escuchando una banda, y estaba enamorada del guitarrista. Eso estaba claro. La parte de su mirada que no desconfiaba estaba llena de adoración, y apuntaba toda en dirección a él. Probablemente era rusa. Era rica. Estaba sola en una mesa cerca del escenario y tenía enfrente una pila de billetes de veinte recién sacados de un cajero ATM y pagaba cada nueva botella con uno de esos billetes y no pedía el cambio. Las camareras la amaban. Había un tipo, más al fondo del lugar, clavado en un banco tapizado, mirándola. Su guardaespaldas, presumiblemente. Era un hombre alto y ancho con la cabeza afeitada y remera negra con traje negro. Él era parte de la razón por la que ella estaba bebiendo cerveza en un bar de ciudad a la edad de diecinueve años o menos. No era el tipo de lugar brilloso que tiene una política sobre chicas menores de edad, ya sea a favor o en contra. Era un descuidado antro en la calle Bleecker, atendido por chicos y chicas flacuchos intentando hacer plata para pagar la cuota de la universidad, y supongo que la habían mirado a ella y habían mirado a su escolta y tomado una decisión instantánea en contra de problemas y a favor de propinas.

La miré un minuto, y después miré para otro lado. Mi nombre es Jack Reacher, y en algún momento fui policía militar, con mucho énfasis en el tiempo pasado. Estuve afuera casi tanto como estuve adentro. Pero los viejos hábitos son duros de matar. Había entrado al bar de la misma manera que entro siempre a cualquier lado, que es con cuidado. Una y media de la mañana. Me había tomado la línea A hasta la calle 4 Oeste y caminado hacia el sur por la Sexta Avenida y doblado a la derecha en Bleecker y chequeado las veredas. Quería música, pero no del tipo de la que saca a muchos clientes a fumar afuera. El nudo más pequeño de gente estaba junto a un lugar con medio tramo de escaleras que subía hasta la puerta. Había un sedán Mercedes negro brillante estacionado en el cordón, con un chofer al volante. La música que salía del lugar llegaba filtrada y atenuada por las paredes pero pude escuchar una línea de bajo ágil y una batería enérgica. Así que subí las escaleras y pagué cinco dólares de entrada y entré con un empujón de hombro.

Dos salidas. Una la puerta por la que acababa de entrar, la otra señalizada al final de un largo y oscuro pasillo de baños bien al fondo. El lugar era estrecho y de más o menos treinta metros de fondo. Una barra a la izquierda al frente, después algunas banquetas en U tapizadas, después un grupo de mesas sueltas en lo que en otras noches podía haber sido una pista. Después el escenario, con la banda.

La banda parecía como si la hubiesen armado por accidente después de un incidente de traspapeleo en una agencia de talentos. El bajista era un viejo negro robusto en traje con saco. Estaba tocando intensamente un contrabajo. El baterista podría haber sido su tío. Era un viejo gordo despatarrado cómodamente detrás de un set de batería pequeño y simple. El cantante también tocaba la armónica y era más viejo que el bajista y más joven que el baterista y más gordo que los dos. Quizás sesenta, fabricado para el confort, no para la velocidad.

El guitarrista era completamente distinto. Era joven y blanco y flaco. Quizás veinte años, quizás menos de un metro setenta, quizás sesenta kilos. Tenía una guitarra azul cara conectada a un amplificador recién estrenado y juntos el instrumento y el equipo sacaban sonidos punzantes llenos de espacio y ecos. El ampli puede haber estado a once. El sonido era increíblemente fuerte. Era como si el aire del ambiente se hubiera solidificado. No había más capacidad para volumen.

Pero la música era buena. Los tres negros eran viejos pro, y el chico blanco sabía todas las notas, y cuándo y cómo y en qué orden tocarlas. Tenía puesta una remera roja y pantalones negros y zapatillas blancas. Tenía una expresión muy seria en la cara. Parecía extranjero. Quizás ruso también.

Me pasé la primera mitad de la primera canción controlando el lugar, contando gente, examinando caras, analizando lenguaje corporal. Los viejos hábitos son duros de matar. Había dos tipos uno a cada lado de una mesa con las manos debajo. Uno vendiendo, otro comprando, obviamente, el negocio hecho al tacto y confirmado con miradas furtivas. Los empleados del bar le robaban al dueño vendiendo de una heladerita cervezas compradas en algún negocio. Dos de cada tres botellas nacionales eran legítimas, de las heladeras del local, y la tercera salía de la de ellos. A mí me tocó una de ellos. Una etiqueta mojada y un margen grande. Llevé la botella hasta un asiento en el rincón y me senté con la espalda contra la pared. Fue en ese punto que vi a la chica sola en su mesa, y a su guardaespaldas en su banco. Supuse que el Mercedes afuera era de ellos. Supuse que papi era un oligarca grado B, millones pero no miles de millones, consintiendo a su hija con cuatro años en NYU y una tarjeta ATM que nunca se quedaba sin fondos.

Sólo dos personas de ochenta en el lugar. No gran cosa. Hasta que vi a otros dos tipos.

Eran un equipo. Hombres jóvenes altos y blancos, chaquetas de cuero baratas y ajustadas, cabezas afeitadas con hojas desafiladas que habían dejado cortes y costras. Más rusos, probablemente. Operadores, seguro. Relacionados, sin duda. Probablemente no lo mejor que el mundo hubiera visto, pero probablemente no lo peor, tampoco. Estaban sentados muy lejos uno del otro pero sus miradas gemelas triangulaban en la chica sola en la mesa. Estaban tensos, determinados, hasta cierto punto nerviosos. Reconocí las señales. Muchas veces me había sentido así yo mismo. Estaban a punto de entrar en acción. Así que dos oligarcas grado B tenían un desacuerdo, y uno estaba protegiendo a su niña con choferes y guardaespaldas y el otro estaba mandando tipos alrededor del mundo para raptarla. Después vendría el rescate, y la extorsión, y las demandas, y las fortunas cambiarían de manos, o las rentas de uranio, o los derechos de petróleo, o carbón, o gas.

Negocios, al estilo Moscú.

Pero generalmente no negocios exitosos. Los secuestros tienen mil dinámicas distintas y salen mal de mil maneras distintas. La esperanza de vida para una víctima de secuestro son treinta y seis horas. Algunos sobreviven, pero la mayoría no. Algunos mueren de inmediato, en el pánico inicial.

La pila de billetes de veinte de la chica atraía camareras como avispas a un picnic. Y ella no espantaba a ninguna. Ella agarraba una botella fresca atrás de otra. Y la cerveza es cerveza. Iba a tener que visitar el baño, pronto y seguido. Y el pasillo de los baños era largo y oscuro, y tenía al fondo una salida a la calle.

La miré en la chillona luz reflejada, con la música chirriando y aporreando todo a mi alrededor. Los dos tipos la miraban. Su guardaespaldas la miraba. Ella miraba al guitarrista. Él estaba muy concentrado, cambios de clave y coros, pero de vez en cuando levantaba la cabeza y sonreía, mayormente a la gloria de estar arriba del escenario, pero dos veces directamente a la chica. La primera de esas dos sonrisas fue tímida, la segunda fue más grande.

La chica se puso de pie. Le dio al borde de la mesa con la cadera y se salió de atrás y empezó a caminar hacia el corredor al fondo. Yo llegué ahí primero. El sonido de la banda lo recorría con un aullido. El baño de mujeres estaba en la mitad. El baño de hombres estaba bien al final. Me apoyé en la pared y miré cómo la chica caminaba hacia mí. Estaba subida a unos tacos altos y tenía puestos pantalones ajustados y sus pasos eran cortos y precisos. Todavía no estaba borracha. Era rusa. Puso una palma pálida en la puerta del baño y empujó. Entró.

Menos de diez segundos después aparecieron los dos tipos en el pasillo. Supuse que iban a esperarla ahí. Pero no. Miraron hacia mí como si fuera parte de la arquitectura y empujando la puerta con el hombro entraron al baño de mujeres. Uno atrás del otro. La puerta se cerró de un golpe detrás de ellos.

La música seguía sonando.

Yo entré atrás de ellos. Cada día trae algo nuevo. Nunca antes había estado en un baño de mujeres. Cubículos a la derecha, lavabos a la izquierda. Luz brillante y olor a perfume. La chica estaba parada cerca de la pared del fondo. Los dos tipos estaban frente a ella. Me daban la espalda. Dije: “Ey”, pero no escucharon. Demasiado ruido. Los agarré de los codos, uno en cada mano. Se giraron, listos para pelear, pero después se frenaron. Soy más grande que las Frigidaire con las que habían estado soñando allá en su país. Se quedaron quietos por un segundo y después pasaron empujándome y tiraron de la puerta y salieron.

La chica me miró por un momento con una emoción que no pude descifrar y después la dejé para que hiciera lo que necesitaba hacer. Volví a mi asiento. Los dos tipos ya estaban de vuelta en los suyos. El guardaespaldas seguía imperturbable. Estaba mirando el escenario. La banda estaba terminando. La chica estaba todavía en el baño.

La música se detuvo. Los dos tipos se pusieron de pie y empezaron a ir para el pasillo. El lugar estaba de repente lleno de gente de pie y en movimiento. Me acerqué hasta el guardaespaldas y le toqué el hombro y le señalé. No prestó ninguna atención. No se movió para nada, hasta que el guitarrista empezó a irse para atrás del escenario. Entonces se puso de pie, los dos movimientos perfectamente sincronizados, y supe que había entendido todo mal. No una hija consentida. Un hijo consentido. Papi había comprado la guitarra y el ampli y contratado músicos. El sueño del chico. De la habitación al escenario. Su chofer en el cordón, su guardaespaldas mirando todo el tiempo. No un equipo de dos de su rival, sino un equipo de tres. Una groupie adoradora. El sueño del chico. Un engatusamiento clásico. Una conferencia táctica de último momento en el baño y después acción.

Me abrí paso hasta el fondo y estuve en la calle mucho antes que el guardaespaldas, justo cuando la chica estaba abrazando al chico y haciéndolo dar una media vuelta y empujándolo hacia los dos tipos. Le pegué fuerte al primero y al segundo más fuerte y me quedó toda la remera salpicada con sangre de su boca. Los dos tipos cayeron al piso y la chica salió corriendo y ahí apareció el guardaespaldas. Le hice darme su remera. Las manchas de sangre llaman la atención. Después salí por adelante. Lo obvio habría sido doblar a la derecha, así que doblé a la izquierda, y me tomé la línea 6 en Bleecker y Lafayette, hacia el norte, el anteúltimo vagón. Me acomodé y chequeé las caras. Los viejos hábitos son duros de matar.

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