Los asquerosos – Santiago Lorenzo

Los Asquerosos

¿Quiénes son los asquerosos del título?  

Manuel, el protagonista, se topará con unos cuántos. Para empezar, su casero, que alquila unas habitaciones lastimosas – poco más que pocilgas – a precio de oro por estar en el centro de Madrid:

“…debía de ser uno de estos tíos raros a los que parece que les huele mal un pie y el otro no. Pero era ante todo un vivales y un gorrón. Un rácano clínico. Se decía que pasó un fin de semana de marzo en un hotel y pidió rebaja en la factura porque en la madrugada del domingo se adelantó la hora. Era lo que se llama un cacas, un tacaño y un gañotero. ”

O quizás podría ser un asqueroso el policía antidisturbios que lo ataca – durante una protesta cercana a su domicio y sin venir a cuento – en el portal de su casa y a quién el protagonista clava, en defensa propia, un destornillador en el cuello.  Temeroso de haberlo matado, Manuel decide huir sin saber bien adónde. Terminará en un pueblo abandonado de la España vacía:

“Zarzahuriel debía de llevar definitivamente deshabitado veinte o veinticinco años, con sus cuarenta o cincuenta previos de paralizante languidez. En vida, la aldea no mereció iglesia, sino solo ermita somera de navecita sin accidentes, campana sin espadaña y dintel sin alegrías. Siete u ocho manzanas albergaban unas veinte casas. Un décimo de ellas, hundidas de techumbre. Otro, hundidas de lienzo. Otro, hundidas del todo. Dos de cada tres edificaciones (planta baja, una o ninguna altura, sobrado) se mantenían en pie de milagro. ”

En ese rincón alejado de todo y subsistiendo con lo básico, Manuel descubrirá que la soledad es lo que verdaderamente le trae felicidad. Pero tras unos meses de una vida exultante, nuevas camadas de asquerosos convertirán su pequeño paraíso en un infierno. La descripción de “La mochufa” (así les llama a sus nuevos vecinos) es tan hilarante como cáustica, y se convierte en la razón más potente para leer esta novela.

“Llevaban encima las marcas de su raigambre, las señas físicas del secular hispano que tres o cuatro generaciones atrás se desplazó a la capital a buscarse buenamente la vida. Los vástagos de hoy, renegados y apóstatas, llegaban ejerciendo de urbanos supuestamente sofisticados. Les saltaban al aspecto los siglos de azada, forraje, moscas y grasas animales. Y sin embargo hacían chistes sobre los tufos del campo, alardeaban de su conocimiento del callejero capitalino, exhibían pegatinas del oso y el madroño y se reían de todo lo que veían en Zarzahuriel, con los aires colonizadores de los metropolitanos imperiales. Les hacía gracia tirarse pedos y eructos, como a cabestros en un cuartel chusquero. Independientemente de cómo fuera la de sus ancestros, ellos no lucían expresión de listos”.

Hay que decir que la historia cuenta con un desenlace un tanto inconsistente, pero que no desmerece el conjunto. Aunque la obra tiene un ritmo preciso, la trama se empantana justo a la mitad, cuando el narrador intenta iluminarnos – a lo largo de dos o tres capítulos – acerca de la epifanía manuelística.

Otro aspecto en el que «Los Asquerosos» nos sorprende es en su estilo: Repleto de palabras inventadas – “Mochufa” no es sino una de tantas – y giros particularísimos del idioma – a veces deliciosos, a veces desconcertantes – que exigen un lector atento a no dejarse apabullar por la riqueza de la prosa de Lorenzo.

La lectura de “Los Asquerosos”  asegura, finalmente, un efecto secundario que puede presentarse en dos versiones: la de detectar a potenciales mochufas a nuestro alrededor o la de autoexaminarse para descubrir si uno mismo es parte de esta tribu de asquerosos.

Reseña publicada en el semanario «7 Dies»

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