Capítulo 1 – Parte 1 – Albatros

Voy a ser famoso.

Ya venía siendo tiempo de que se apreciara la calidad de mi producción. Aunque, siendo honesto conmigo mismo, de un tiempo a esta parte he recibido innumerables muestras de que mi arte se está haciendo un lugar entre las grandes plumas del siglo veintiuno.  

La primera señal fue, sin duda, el favorable comentario que el licenciado Lucio Alfonsín Espósito realizó en su programa de radio “La voz del Literato” acerca del soneto número 12, de mi colección de sonetos “Melancolía en Sol sostenido”. “Un iluminado”, me llamó y no voy a contradecir las apreciaciones de tan prestigiosa “voz” entre los literatos. Y me apoyo en sus palabras, “el soneto doce echa luz sobre la siempre difícil tarea de describir la melancolía de amor, estado que Juan Segundo Sánchez de la Cuesta deconstruye con trazos de parnasiano”. Un parnasiano me llamó. No creo equivocarme al sentirme en un compromiso con el licenciado Espósito.

Existieron otras:  Mi quinto premio en el concurso de cuentos organizado por la asociación de Ecónomas de Barrio Tres Cerritos gracias al relato “Mi changuito y yo”; Mi mención en el concurso de microrelatos “Corin Tellado” y finalmente para coronar esta seguidilla de éxito tras éxito, el primer premio en la primera edición del concurso de cuentos “Sancho Panza” gracias al original cuento “Albatros” , relato que creo marca una audaz transgresión del género al narrar desde la perspectiva de un pájaro.

Hubo infinitas muestras más de mi fulgurante ascenso: llamadas anónimas que nadie responde del otro lado, cuchicheos de mis colegas escritores a mis espaldas, invitaciones a importantes eventos sociales como ser: inauguraciones de locales comerciales, aperturas de ferias porcinas, peñas gauchescas, etc..

Pero nada como esto.

Esto va a ser mi “Cien años de Soledad”. Por lo que pude entender en la primera conversación con el secretario de la editorial interesada, la obra va a ser junto a otros dos prestigiosos artistas de habla hispana. No quiero ser presumido pero recuerdo haber leído que Vargas Llosa estaba trabajando en un proyecto que por el momento prefería mantener en secreto. Me pregunto si no será éste…

Lo primero que hice, al enterarme de la posibilidad, fue comenzar a establecer el “topos” de la narración. Se me ocurrieron varios escenarios y finalmente me quedé con tres: la Francia de la Restauración, La Inglaterra Isabelina y el Buenos Aires de mediados de los 80.

Obviamente la decisión final deberá tener el consenso de las tres luminarias que llevan a cabo el proyecto, pero me parece que al maestro Vargas Llosa no le desagradarían ninguno de los topos que he elegido:

La Francia de la Restauración sigue la vida de un ferviente seguidor de Napoleón Bonaparte que lucha por organizar una facción armada que lo restituya en el poder.

La Inglaterra Isabelina versa sobre un autor de teatro desconocido que conoce a Shakespeare antes de su salto a la fama. El tono de esta historia sería ligero y cómico.

El Buenos Aires de los 80 describiría un romance con el trasfondo de la recién recuperada democracia. La trama giraría sobre un amor prohibido entre personajes de mundos totalmente opuestos. Estoy pensando en un taxista de barrio y en la hija de un estanciero. Se podría incluir un elemento totalmente innovador como una narración en primera persona desde el punto de vista del taxi.

No descarté que estos tres escenarios pudieran complementarse en una síntesis magistral. Imaginé originales y novedosos puntos de vista: La narración desde el punto de vista del taxi, otra desde la pluma de Shakespeare, otra (más osada aún) desde el punto de vista de una guillotina como así también puntos de vista de los mismos Shakespeare y Napoleón, complementados con el de un taxista bonaerense.

Me preocupé de llevar todo anotado a nuestra primera reunión. Hasta entonces, yo sólo había tenido contacto telefónico con un tal Jerome, asistente personal de la susodicha editora, la cual deseaba mantenerse en el anonimato por  “seguridad”. Jerome hablaba un español con fuerte acento inglés. En el teléfono tuve la sensación de que era de raza negra.

Cuando finalmente nos encontramos en el Lounge del Sheraton de la capital salteña comprobé que mi instinto no me había fallado. Uno tiene ese sexto sentido, esa capacidad de conocer a la gente que es indispensable para un escritor de genio.  El negro era alto y fornido y me pareció más un guardaespaldas que un asistente. Su apretón, firme, despertaba confianza. Podría inspirar intrincados personajes: Un negro esclavo, brillante de sudor en los campos de Virginia; Un gladiador romano , luchando semidesnudo en una arena ardiente, agitado y sudoroso. El cazador de una tribu africana, matando leones con sus propias manos sudorosas.

Jerome no era su nombre sino su apellido – Phillip Andrew Jerome – se presentó mientras me extendía una tarjeta que rezaba “P. A. Jerome”.

Hasta ese punto, obnubilado por el porte del moreno, no había caído en que venía solo.El negro se apresuró a disculparse.

-La editor no podido viajar por cuestiones técnicas – me explicó – ella no viaja en comercial lines , sólo jet privado. Y aeropuerto Salta nou permiso para jets privado, asistirá to the reunión vía virtual.

-Excelente – respondí – hoy en día la tecnología nos permite cosas antes inimaginables…

Mientras buscaba en su maletín las cosas para establecer la videoconferencia, yo me preocupé de hacer lo mismo. Había hecho tres juegos de un “brief” (la palabra profesional para preparar un informe) con detalles de mi biografía, extractos de mis obras más importantes y una síntesis de los tres potenciales argumentos. También había procurado llevar una guía con términos en inglés que me pudieran resultar útiles en mi exposición: “Story line”, para definir el desarrollo de la historia,  “Conceit”, el concepto detrás de un juego de metáforas (quería jugar con elaboradas metáforas), “trope”, la traducción al inglés de “tropos” y otros términos académicos.

Jerome había tardado menos de lo que yo esperaba en establecer la conexión. Lo vi hablándole al éter. Tan solo se había puesto unos anteojos. (Y debo decir que con lentes, su prestancia se multiplicaba por cien) y su mano derecha pulsaba sobre su sien nerviosamente mientras preguntaba algo en inglés.

Tras cierta indecisión me entregó unas gafas. Cuando me los puse, supe que estaba jugando en las ligas mayores. Era tecnología de punta. Tuve que hacer foco en una pequeña pantallita que se veía flotando sobre la superficie de mi visión y donde aparecía algo similar a un duende que balbuceaba y se movía entre espasmos (sin duda por la mala conexión). Era mi futura empleadora, que me miraba desde unos ojos pequeñitos que delataban genialidad o locura.

 

Segunda parte – Abolengo

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