Capítulo 1 – Parte 2 – Abolengo

Parte previa – Albatros

¿Desilusión?

Tengo que ser honesto. Creo que puedo catalogar aquella primera reunión como un completo fracaso. Aunque a la distancia también hay que decir que no todas las puertas se cerraron, lo que fue, sin duda, un éxito a esa altura.

Yo había llegado a aquella cita con ciertas expectativas que no se confirmaron en lo absoluto. Cada una de mis propuestas fueron rechazadas gentilmente (aunque rechazadas no es la palabra adecuada sino más bien pospuestas). Cada uno de los posibles personajes ideados por mi febril imaginación, abortados de cuajo.

Soy un hombre tolerante y respetuoso, pero cuando dijeron no a mi sugerencia  de centrar la historia en el personaje del taxista Antonio “Tano” Antonini, estuve a punto de levantarme y marcharme. Pero me quedé, alguna vez mi padre me dijo que un caballero nunca se levanta antes que una dama (ahora me cuestiono si esa máxima vale para una conexión a través de unos anteojos computarizados en los que, se entiende, la conversación va con uno).

Tampoco sirvieron de mucho mis guías ni mis moderadas protestas. La Condesa (no tiene títulos de abolengo pero Jerome insiste en que le llamemos así, “cuestión de marketing” sostiene) tenía la idea trazada de antemano.

La novela no va a ser una novela, los escritores no vamos a ser escritores. La novela será un comic, los escritores seremos guionistas. ¡Ah! Y para colmo, el comic no va a ser un comic occidental sino una de estas anárquicas historietitas orientales.

Manga les llaman.

Cuando me lo contó, el alma me cayó a los pies. Lo primero que me vino a la mente es que el maestro Vargas Llosa jamás formaría parte de esto. Lo segundo, que dependeríamos de un dibujante. Lo tercero, que por nada del mundo pondría en juego mi nombre para un proyecto de esa categoría.

Los dejé hablar, en realidad me centraba en Jerome, pues la Condesa era muy difícil de entender entre su limitado español, los balbuceos que producía en su habla la mala conexión y mi poca destreza cambiando el enfoque entre la pantallita que veía en mis anteojos y la presencia del negro.

Apenas entendía lo que buscaban: la historia, los personajes, el estilo que pretendían darle al comic era indefinible, demencial.  Yo asentía mientras no veía la hora de salir de allí. En un momento  se callaron y yo dije dos o tres sandeces sobre lo interesante de la propuesta, sobre lo interesante que sería para mí poder formar parte de aquel proyecto  y sobre lo apretado de mi agenda durante los próximos meses, remarcando lo mucho que me dolería no poder “subir a bordo”.

El negro me miró con una sonrisa, una sonrisa plena, que encontré enigmática, como si estuviera pensando en otra cosa, en las sabanas africanas, en los leones esperando su lanza. Acto seguido me dijo que si lo quería yo tenía un lugar en el proyecto, que tenía veinticuatro horas para aceptar la propuesta. Le respondí que debía pensarlo seriamente;  La respuesta en mi interior era no, no y no. Jamás pondría mi nombre en semejante proyecto. El se despidió y casi como al pasar me dijo.

– Me olvidé casi de lo más importante. Perdone, no acostumbrado a negocios todavía – mientras me pasaba un papelito doblado – La remuneración. En caso de aceptar.

Abrí el papelito, vi el número y mi mente comenzó a actuar sin pedirme permiso.

A la velocidad de la luz.

Uno tras de otro.

Infinidad de seudónimos.

Un nacimiento

Salí del Sheraton obnubilado. Caminando como en un sueño. Shockeado por esa sensación que en un momento pensé era alegría aunque se sentía demasiado pasiva para ser alegría. Quizás era éxtasis. Intentaba pensar racionalmente pero nada venía a mi cabeza; Sólo el número en el papel que aún llevaba apresado en mi puño y los ojos inhumanos de la condesa.

Y aquel olor. Aquel olor dulzón, penetrante, que Jerome desprendía.

Sin darme cuenta me dirigí al monumento a Güemes, que está ahí nomás, al lado del Sheraton, y desde dónde se puede apreciar la vista panorámica de la ciudad de Salta, siempre descansando, siempre tranquila.  ¿Luis Piedrabuena? ¿Luis Pedrafita? Hacia el fondo, hacia el oeste, se veían las primeras colinas con algún árbol solitario aquí y allá ¿Pedro Olmos? ¿Holmes? ¿Peter Holmes? ¿Pietro Holmes? ¿Piero? Aquella mañana era una de esas hermosas mañanas con el cielo partido en dos. Piero me gusta. Piero es nombre de guionista de comic. De un lado, todo celeste; Del otro, nubes gigantescas como hongos atómicos. Y el sol en el medio jugando entre ellas. Sol y Sombra. Sol y Sombra. Claroscuro. Renacimiento. Nacer de nuevo? Con otro nombre?¿Piero della Francesca? No creo que muchos sepan quién fue. ¿Se puede plagiar un nombre? ¿Pietri? ¿Giampietri? ¿Por qué tanto italiano? Y al fondo, bien bien al fondo: las montañas, pero las de verdad. Amenazando con eternidad. Piedras. Piedras como las del monumento a Güemes. Héroe gaucho, también eterno. Gaucho que luchó contra los realistas. También jugando, como el sol. Ahora me ves y ahora no. Guerra de guerrillas. Piedra y Gaucho. ¿Gomez Piedra? Y como piedra pesaba el papel en mi puño. ¿24 horas? Necesito 24 segundos, el tiempo que le lleva a mi duende pensar un nombre. Porque jamás aceptaría escribir eso con mi nombre. Un manga. Que ridiculez. Pero la plata es buena. Y si todo sale bien, la condesa no cerró la puerta tampoco para mis otros proyectos. Una lástima lo del Doctor Vargas Llosa. Pero tampoco cerrar esa puerta. Algún día. Algún día.

¿Como me dijo que se llamaba el otro escritor? Bueno…”Escritor” es un decir. ¿Zambowski? ¿Klausevitz? ¿Chernosky? ¿Chernobyl quizás? Eso sería de muy mal gusto. Uruguayo dijo. Conocedor del mundo del manga dijo. Uruguayo…Mientras no sea una mala copia del zurdito Galeano…Era con K. Kowalsky. Si Kowalsky era. Bueno, eso será un seúdonimo también. No creo haya muchos Kowalskys en Montevideo. Montevideo… Ese sería un buen alias. Rafael Montevideo. ¿O seguimos con Pedro?

Pedro Montevideo. No, doble apellido, como corresponde.

Ahora sí:

Pedro Güemes Montevideo.

 

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