Capítulo 1 – Parte 3 – Ánimas

Parte Previa – Abolengo

Ya había dicho sí. Sí quiero.

Pero nada pasó por un tiempo. La sonrisa de Jerome y la mueca de la Condesa desaparecieron tras aquella primera reunión. Con un ademán grave, el moreno se despidió ofreciéndome los Google Glases como si se tratara de una ofrenda. Las gafas cabían en su totalidad dentro de la palma abierta.

–       Nos comunicaremos de vuelto. Be Paciente – agregó. Cuando estiré mi mano para agarrar los lentes, apoyó su otra palma, húmeda, sobre la mía, quizás como gesto de buena voluntad. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Intenté volver a mi rutina pero me resultaba imposible centrarme en nada. Pedro Güemes Montevideo me acechaba. En alguna mirada furtiva desde el espejo al lavarme los dientes. En algún devaneo caprichoso de mi imaginación. Intuía su grandeza, reflejo de la mía. Nos preparábamos para tomar al mundo por asalto. Sobre todo me pedía volver al lugar donde había nacido, al pie del cerro San Bernardo, donde se erige el monumento al héroe gaucho.

Acomodé mis horarios para darle ese gusto. Decidí que todas las tardes nos sentaríamos en aquellas escalinatas para ver morir al día sobre la bella Salta. Llevaba lápices, cuaderno y lo dejaba trabajar en su “proyecto”. 

Flores para los muertos.

En el esperado segundo contacto con la Condesa conocí a Koldowski. Bueno, lo conocí es un decir. El desafortunado “rendezvous” tuvo lugar en un punto inespecífico del cielo nocturno a 300 metros por encima de la ciudad.

La situación, claro, amerita ciertas explicaciones.

Fue durante un día de los muertos. Lo recuerdo porque , de no haber visto a todas aquellas familias, cargadas de flores, dirigiéndose a las escaleras que suben al cerro, no me habría aventurado. Primero pasó un grupo de cuatro mujeres, dos mayores y dos jóvenes, cada una llevando una cala. Diez minutos después una pareja joven con dos niños, cargando lo que me pareció eran crisantemos. Luego un grupo grande, donde se podían individualizar abuelos, padres, hijos y nietos, todos adornados con flores y charlando con las cabezas elevadas sin quitar su mirada del punto más alto del San Bernardo.  Varios más siguieron. Pasaron nuevas calas, claveles y flores que no reconocí.  La noche caía y algunos comenzaron a encender linternas, otros llevaban velas que prendían sin detener su ascenso. Un imparable río de estrellitas mínimas comenzaba a titilar sobre el cerro. ¿Adonde iban? ¿A rendir homenaje a sus muertos desde la cima del cerro?  Aunque no lo deseaba, me levanté y me uní al cauce brillante. Tengo que reconocer la influencia de Güemes Montevideo en mi curiosidad. Yo jamás me hubiera unido a esos ritos nigromantes.

Ascenso

El cerro San Bernardo tiene una escalera que llega hasta su cima y que sigue las estaciones de un Vía Crucis. La construcción será de los años ochenta. Abruptos y dispares, no hay dos escalones iguales, cada uno tiene su alto, su ancho, su longitud. Así como en una curva hay quince escalones formando una empinada subida de medio metro, otro escalón se extiende durante más de treinta pasos haciéndonos olvidar que estamos en una escalera. Pero uno no se puede abandonar a la contemplación de la cúpula que la naturaleza forma sobre quienes ascienden a riesgo de tropezón y caída. De noche esto todavía es peor.

No tardé mucho en comprender la motivación de aquellas familias. En la primera estación, tres grupos diferenciados dejaban flores en puntos indefinidos del pequeño claro que se abría junto a la casilla con la imagen de nuestro redentor condenado a muerte. Oraciones a media voz y llantos que pasaban a mi lado casi como pidiendo permiso llenaban el vacío de la noche recién estrenada. Dos jóvenes miraban fijamente un punto en la tierra que descendía hacia los árboles. “¿Aquí?” señaló uno. “Creo que sí”, la respuesta.  Detrás de la casilla, otro grupo, sin dudas una familia, formaban una media luna alrededor de tres ramos de flores amarillas. “¿Aquí está el abuelo?” susurraba un niño jugando con el rayo de una linterna entre las ramas. Las cenizas se habrían esparcido hace tiempo bajo la ladera, pero aquello seguía siendo tierra santa.

Continué mi ascenso guiado por decenas de lucecitas que oscilaban delante de mí. Quería ver si alguien llegaba hasta lo más alto. En la segunda y tercera estaciones, las ofrendas se repetían. También había pequeños conciliábulos de personas dejando ramos en mitad de la escalera. Señalando la nada en la noche. Guíados solo por sus recuerdos.

Un fulgor mortecino se había adueñado de la vegetación. Pensé que la triste chispa de esos fuegos enclenques jamás podría viajar a la velocidad de la luz. Aquella luz se arrastraba entre ramas y hojas, corriendo coja hacia delante, chocando y rebotando torpemente pero sin olvidar su imperativo, siempre adelante. Yo seguía también a ciegas, hacia delante.

En la quinta estación, cuando ya casi me daba por vencido, los Google Glasses comenzaron a moverse. La vibración me asustó. También brillaban con una luz tenue. Nunca los había usado de noche y ponérmelos fue como entrar en la cabina de una nave espacial. Lucecitas de todo tipo sobrevolaban sobre los límites de mi campo de visión. Sobre el ángulo izquierdo un aviso indicaba una llamada entrante de Jerome. Ya había aprendido a hacer click con la vista así que acepté. La sonrisa del negro ocupaba casi toda la pantalla y el sonido se entrecortaba. No entendí nada de lo que me quería decir. Ví que hablaba con alguien fuera de mi campo de visión, luego que tecleaba.

“¿Está en a cerro? Poor Connection. Vaya arriba de cerro para signal mejor. Nueva llamada en 30 minutes. Importante para hablar con Condesa y Koldowski. Impostergable.”, fue el mensaje en la pantallita.

No era el mejor momento ni el mejor lugar, pero no me quedó otra que seguir subiendo. Mientras más subía, más oscuridad. Por otro lado, la vegetación también se escasaba y las luces de la ciudad debajo se podían observar mejor. A partir de la octava estación dejé de ver personas. También desaparecieron los moqueos de los deudos y las conversaciones lejanas que me habían acompañado hasta allí. La naturaleza recuperaba su reinado. Revoloteos de pájaros, grillos roncos, crujidos de árboles malhumorados. Y mi respiración, cada vez más agitada.

Arriba, la desolación. De día siempre se ve movimiento. Hay un par de restaurantes y negocios de souvenirs, además del teleférico que sube y baja constantemente, pero de noche, el paraje lunar se veía como  una roca aislada en el medio de un mar negro. Comenzaba a desesperarme por el hecho de que tendría que bajar por aquel sendero siniestro en medio de la oscuridad cuando los Glasses volvieron a vibrar. Era ella, blanca como una garza y con un cuello tan largo que me parecía irreal. La conexión era mejor, era verdad y pude escuchar su voz aflautada saludándome con chapuceos en castellano e inglés. Llegué a entender que, en ese mismo momento había librado el pago del adelanto por mi trabajo y que recibiría un pdf con las características de los personajes principales y los lineamientos generales de la historia. Yo trabajaría con una parte de la historia y el segundo escritor (de un tiempo a esta parte ya me había acostumbrado a la desilusión de que no fuera Vargas Llosa) trabajaría con otras. Del dibujante todavía no supe nada.

Pero volviendo a mi nuevo colega, se llama Koldowski y es uruguayo. Tiene experiencia en el campo del manga y el animé según creí entender. La idea era realizar una conexión a tres bandas para que establezcamos los primeros lineamientos de nuestro trabajo en conjunto pero en el caos de aquella conversación que la Condesa intentaba mediar sin éxito, solo me llegaban elaborados insultos que el tal Koldowski  dirigía no sé si a su computadora, a mí o a alguna persona que estuviera allí con él.

Tras varios minutos de desconcierto la llamada se cortó. Esperé unos minutos y nada. Comenzaba a pensar como bajar por aquella boca de lobo cuando llegó un mensajito del providencial Jerome. “Problemas de agenda de Condesa. Reunión más adelante. Envio taxi a recoger usted y llevar a su hogar en 16 minutos. Comience a trabajo ASAP. PS: yo pienso usted necesita esto”.

“Esto”, era la dirección de Koldowski en una ciudad llamada Minas, en la República Oriental del Uruguay.

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