Capítulo 1 – Parte 5 – Antihéroe

Parte Previa – Antígona

Confirmé tres veces la dirección antes de animarme a tocar el timbre. Este Koldowsky se había tomado en serio lo de la vida bohemia de los artistas.  No me imaginaba nada más adecuado al estilo sucio y desaliñado de los “bohemios” que la casa ante la que estaba parado. Un portón oxidado cayéndose a pedazos, pintura descascarada en las paredes, yuyos abriéndose paso por entre la vereda rota. Una pocilga.

Temía que en cualquier momento, un malviviente abriera la puerta y me hiciera entrar a punta de pistola. Maldije a Jerome, a la Condesa y a mi intempestiva decisión de venir a buscarlo.

 

Todo había ocurrido demasiado rápido. El viaje a Buenos Aires, fogoneado por Antígona. Mi inentendible decisión de cruzar el mismo día de mi llegada hasta Montevideo. El terrible viaje en ferry, con aquellos insoportables boyscouts chillando canciones sobre el amor al prójimo. Yo creo en la causa Scout como cualquier persona de bien, pero tengo que ser honesto, aquella mañana deseaba tirar a cada uno de aquellos angelitos por la borda. Lo único que tiré fue la cena de la noche anterior. La náusea del Río de la Plata. Los trozos de pollo al ajillo luchando para no hundirse en las aguas amarronadas. Y demás cosas que no son dignas de contar. Cosas que Güemes Montevideo guarda en su memoria de autor mediocre. “Solo se narra la belleza, Güemes”, le reitero, pero cuando quiero hablarle desaparece.

 

Pasaron cinco minutos y varios timbrazos. Nadie atendió. Acerqué el oído a la puerta. El timbre sonaba sobre vacío. Cada paso en esta historia me intranquilizaba más. Aquello cada vez se ponía más estrambótico. Mi razón giraba una y otra vez sobre mis movimientos, ¿Qué diantres hacía en los arrabales de aquella ciudad insignificante? ¿Qué me había llevado hasta allí?  

 

La odisea había continuado en  Montevideo, donde no conseguí ningún alojamiento debido a que todos los hoteles y pensiones de la ciudad estaban completos. En cada lugar donde había preguntado la respuesta era la misma – Estamos con el congreso de  MIELDA -. Se trataba de la “Mutual Internacional Externa Libre de Desagues y Alcantarillado”. El primer colectivo a Minas no salía hasta la mañana siguiente por lo que tuve que pasar la noche en la Terminal de Tres Cruces.

 

Estaba pensando en qué hacer cuando por el rabillo del ojo noté que alguien había asomado la cabeza desde la puerta de al lado. Supuse que era el vecino y que me preguntaría si necesitaba algo pero los segundos pasaban y aquella presencia seguía en silencio. Finalmente me giré. Era un oriental calvo. Me miraba con desconfianza, entrecerrando aún más sus ya medio cerrados ojos. ¿Un oriental? ¿Acaso sería Koldowsky? No podía ser, yo había visto (brevemente) a Koldoswsky aquella noche arriba del cerro y si bien se podía catalogar como oriental, no era de éste tipo de oriental.

Todo me daba vueltas. ¿Tendría algo que ver este chinito con el manga? ¿Sería casualidad que Koldowsky viviera justo al lado de un oriental? Volví a pensar si no sería todo una broma gigantesca. Pero y entonces? Porque me habían dado la guita? Y los Google Glasses? Y que tenían ellos (Jerome, La Condesa) para ganar jodiendome?

 

El chinito me seguía mirando en silencio y casi como con bronca. Lo encaré para ver si sabía algo y pude verlo mejor. Era bastante más bajo que yo. De edad indefinida, cara redonda y gesto serio. Tenía una camisa floreada que le iba grande. Y para rematarla le faltaba la mano izquierda. Le señalé la puerta de al lado y le pregunté por su vecino. Ahora me venían otras dudas, como por ejemplo, si hablaría español.

– ¿Koldowsky?

– ¿Koldowsky?

– Koldowsky – repetí – ¿El escritor? – mientras simulaba escribir con mis manos en caso de que no entendiera.

¿Escritor? – repitió con una pequeña sonrisa de descrédito.

– ¿Lo conoce? –

– ¿Si lo conozco? – repreguntó el chino que me estaba acabando la paciencia con su manía de repetir lo que yo decía.

– Si. ¿Lo conoce? ¿Sabe a qué hora volverá?

– Ta de viaje.

– ¿De viaje?

– No creo que vuelva por un tiempo.

– ¿Por un tiempo? – Ahora el que repetía era yo.

– Si, por un tiempo ¿Que es tonto que repite? – La actitud del chino no me gustaba nada. Su cara seguía igual de imperturbable. Cada dos por tres se rascaba la nariz con el muñón de la izquierda. Decidí dejar pasar su grosería y enfocarme en lo importante.

– ¿Sabe adonde fue? – El chinito dudó como si no supiera si podía confiar en mí. Supongo que decidió que no, porque contestó con un sonoro “No” y me cerró la puerta en la cara.

 

Pero yo no había hecho semejante viaje para que me tomaran por opa así que le toqué la puerta. Una. Dos. Tres veces. Salió. Creí detectar cierta rabia en su mirada. Le expliqué los motivos de mi viaje. Le dije que era un reconocido escritor argentino y que tenía asuntos que tratar con Koldowsky. Le conté de la Condesa y también del importante proyecto que teníamos entre manos. No pude evitar mirar su muñón mientras me maldecía por la mala elección de palabras. El escuchaba todo el tiempo sin abrir la boca y su silencio me hacia seguir explayándome en cosas totalmente innecesarias. Le hablé de Jerome. De mis grupos de lectura y del libro que estabamos leyendo. Le hablé del terrible trip en ferry y de lo descuidada que había encontrado Montevideo.  

En un momento frené para tomar aire deseando que me dijera algo pero el japonés seguía en silencio. Me aventuré a preguntarle su nombre. Me respondió con un balbuceo.

– Kirifiji-

– Kirifiji?

– KUROFUJI! – respondió esta vez subiendo la voz. Era la primera vez que lo hacía.

– Un placer, señor Kurofiji – extendí mi mano. El no me devolvió el saludo. “Cosas orientales” pensé. La situación había tomado un cauce extraño y no sabía como volver a encaminarla. Un puntazo en mi vejiga me recordó que necesitaba un baño y le pedí prestado el suyo.

Después de pensarlo más de lo normal me señaló con el muñón lo que debía ser el baño.

– No sabe lo bueno que es tener un baño a mano – reflexioné en voz alta, intentando hacer conversación. Maldije para mis adentros, no estaba certero para mis comentarios aquel día. El me miró con un gesto como de repulsión y pregunta a la vez. Intenté arreglarlo cambiando de tema pero todo fue a peor – Resulta que había una convención en Montevideo y todos los hoteles estaban llenos. Una convención de MIELDA o algo asi…

– ¿De qué? – preguntó subiendo la voz.

– De MIELDA, es un grupo de…

– ¿Así que sos gracioso? – No me dejó terminar

– ¿Por? – pregunté. La respuesta fue su palma (su única palma) en mi cara. El Plaf retumbó en toda la estancia. Sentí frío primero, un calor espantoso después. Una furia asesina se apoderó mí. La sangre me hervía, la vejiga me apretaba. Todo se había ido a la mierda en dos segundos. Ni lo pensé cuando me le fui al humo. Yo soy una persona razonable pero si me buscan me encuentran. No recordaba la última vez que había estado en una pelea. Quizás en mi adolescencia, quizás antes. Ni siquiera sabía que hacer. El sí. Lo encaré y lancé el guante pero de repente el arriba se hizo abajo y me sentí como en caída libre. Aparentemente dominaba alguna técnica de judo porque sin saber cómo, yo estaba tirado en el piso y el encima mío con su rodilla en mi pescuezo. Su cara seguía impasible.

– Te voy a dar mielda a vos! Pelotudo!

– La MIELDA es una… – Intenté explicar pero recibí un segundo chirlo

– Son tal para cual vos y Koldowsky – dijo y debo ser honesto, me dolió mucho más aquel comentario que todos las cachetadas del mundo – Volá de acá. Koldoswsky está en Buenos Aires. Se fue ayer a la mañana.

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