Capítulo 2 – Parte 2 – Miridiscencia

Parte Previa – Montevideo

“¡Canta, oh musa de los hombres!, Reina del mundo, de los grandes nombres del pasado, canta diosa alada, tú que inspiraste héroes chamuscados de radiante luz fulgurante! Tú, que engendraste revoluciones de amor y de odio en el mundo, tú que reinas por los siglos de los siglos en nuestro corazón de poetas, de genios, de locos, de hombres de mundo.

Otorga una avivada a quién vive para complacerte, une tu genio al mío para dotar de vida eterna a los elegantes actores que pueblan este escenario que es el mundo, el cisne de Avón, el conquistador de Europa, el taxista de mundo.

Canta oh musa inspirada, como hiciste en las colinas de Roma, en el asedio de Constantinopla, en la caída de los valerosos Troyanidas, en el ascenso de la fulgurante Gloriana. Dota a tu siervo de la variopinta paleta con la cual pintar el espectro que comienza con el tejido de escenarios de gloriosas batallas y culmina con los cien barrios porteños. Teje cual funesta Moira con gracia singular el inmenso tapiz de la tragedia humana”

 

He reescrito mas de mil veces el inicio de mi novela en mi cabeza y creo que esta será la forma definitiva. Las palabras exactas que quedarán como muestra de mi excelso talento literario. Mi testamento artístico. La verdad que no veo la hora de poder comenzar a crear.

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En Buenos Aires me hospedé en un cuatro estrellas sobre Avenida de Mayo, muy cerca del Tortoni, lugar donde, en homenaje a las grandes plumas que utilizaron este pintoresco rincón de la ciudad, planeaba sentarme a escribir algunas líneas de mi novela durante lo que durara mi estadía.

El resto del tiempo buscaría a K. Algo me decía que tarde o temprano nos encontraríamos. Ya habíamos experimentado demasiadas casualidades y parecía inevitable que, llegados a este punto, no nos cruzáramos en algún lugar de la gran urbe rioplatense. Sentía como si una mano invisible nos guiara, como si nuestros trayectos estuvieran destinados a colisionar.

Lo más eficaz (y para ser honesto, lo único que podía hacer) era buscarlo al azar por los lugares que K. podría frecuentar. Pensé en Parque Lezama, el Barrio Chino, San Telmo y las librerías de la Corrientes. ¿Quizás el Jardín Japonés? De acuerdo a lo poco que se me había informado sobre mi escritor adjunto, una de sus inquietudes era la cultura japonesa. No sería descabellado entonces, encontrarlo en aquel paseo, alimentando concienzudamente a los peces Koi. ¿Y si había seguido camino hasta Salta? No creí que se atrevería a tanto.

Mi primer mañana en Buenos Aires fui directo al Tortoni a desayunar. Para variar, el mozo me trajo el café con leche frío, aunque las medialunas me supieron a gloria. Supongo que mis refinadas maneras le hicieron sospechar que se encontraba frente a una persona de mundo, ya que cada dos por tres se acercaba a preguntarme si necesitaba algo más, si estaba todo en orden y cosas por el estilo. Esperaría una buena propina. Sentí un efímero placer al imaginar su cercana desilusión. No creo en las propinas. Son apenas la justificación de una mala atención. La excusa para que la buena atención sea algo “extra”, algo por lo que hay que pagar.

Intenté dejar de lado la negativa influencia de la servidumbre y comenzar a trabajar en los personajes del comic, pero algo me impedía concentrarme. No podía precisar bien qué era. ¿Sería la vulgaridad de la silla, no preparada para una mente creativa? ¿Sería el barullo de las mesas vecinas? ¿Como hacía Borges para escribir en este lugar?

Tras largos minutos con esta incomodidad descubrí qué pasaba: Alguien a mi espalda, dos o tres mesas atrás, me observaba fijamente. Lo veía reflejado a través de un espejo en la pared, era un tipo mayor, al parecer no muy alto y con una mirada donde adivinaba esa intensidad que otorgan la genialidad o la locura. La Condesa me había generado la misma sensación…

Estuvimos así un rato. Él observándome observarlo sin saberlo hasta que quizás mi inmovilidad lo hizo dudar, porque comenzó a recorrer con sus ojos toda la estancia buscando algo. Se había dado cuenta. No tardó en localizar el espejo que funcionaba como mi informante. Con Güemes sabíamos que debíamos desviar la mirada pero no pudimos. Por mi parte, encontraba un placer insano en escudriñar su exploración casi a la desesperada, sabiéndose en falta, sabiéndose descubierto en su perplejidad voyeurística. Pero, inevitablemente, nuestras miradas se cruzaron por un segundo y me di cuenta qué desentonaba en su persona: una peluca de color marrón oscuro haciendo malabarismos sobre su cabeza como una nutria enferma y agazapada.

Por pudor desvié la mirada por pocos segundos. Al fijarme de nuevo ya no estaba. El verse expuesto lo había hecho esfumarse a plena luz del día. Me resultó gracioso descubrir que, o se había olvidado o no había querido pagar, pues en la próxima pasada el mozo soltó una imprecación a los cielos al tiempo que revisaba la mesa con calma resignación para ver si había dejado la adición entre los restos de su submarino y su vigilante. Lo único que encontró fue un libro en la silla vacía.

Imaginé la decepción del mozo, para las personas de esta calaña un libro equivale a poco más que un pisapapeles. Yo actué por impulso. Me acerqué con naturalidad mientras el camarero miraba con interés la portada del libro, pensando quizás cuanto le darían por ese artefacto

– Yo me hago cargo de la cuenta de mi amigo Jerome – en una mentira era fundamental dar detalles, no es lo mismo decir “yo me hago cargo de la cuenta de este señor” que darle un nombre al señor, dar detalles que apoyen nuestra historia. El mozo me miró como, imagino, observa un perro un hueso – más tarde nos encontramos para el almuerzo. Es un despistado el Jerome este. Si me deja el libro yo se lo devuelvo – Para apoyar mis palabras hice el ademan de sacar mi cartera y en la cara del mozaico detecté cierto alivio. Su interés por el libro dio paso al interés por mi billetera. No parecía muy brillante, seguramente no era el primero ni el último cliente que le hacía un “pagadios”.

– Las dos cuentas son novecientos pesos – me dijo con tonada misionera; Esa cantidad cubría el costo de, por lo menos, seis cafes con leches e igual número de medialunas. Pensé que después de todo no era tan lento y en cierta manera me alegré por él.

Pagué sin rechistar y un brillito de codicia refuciló en sus ojos. El libro había quedado boca abajo en la mesa y me apresuré a tomarlo. Entonces comprendí porque el mozo lo miraba con tanto detenimiento. El dibujito en la portada del libro era una pequeña svástica.

Volví al hotel para estudiarlo mejor, me parecía de lo más desafortunado andar leyendo un libro nazi en público. Estaba en inglés pero gracias a mi cada vez más completo dominio del idioma pude traducir el título “La ética en la propaganda política durante la Alemania Nazi”. En la primera página, ángulo superior derecho, estaban escritas con lápiz lo que supuse eran unas iniciales: “G.F.” . Decidí que luego intentaría leer el libro mediante la ayuda de un diccionario bilingüe y salí con celeridad. No debía perder ni en segundo. Debía emprender la búsqueda de K.

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