Capítulo 2 – Parte 5 – Meandros

Parte Previa – Meeting

“Yira Yira Corrientes, veo luces y trapos, veo altos y bajos, veo niñas y señoras. Yo soy el único que conoce los secretos de los cien barrios porteños, yo sé dónde el Restaurador de las leyes se encontraba con su amante, bajo la atenta mirada de sauces milenarios. Yo sé por dónde jugaba, corría, soñaba el eterno Quinquela con las imágenes que iluminarían una época, Yo conozco el único remanso donde el rio descansa, adormecido por meandros. Yo sé dónde tropezó el genial Carlitos en una noche de borrachera. Yo sé cual es el banco en el que sentó Borges para narrar su propia muerte. Yo sé quien puso la primera piedra de la Bombonera, donde se gritó el último alarido del viejo gasómetro. Dónde estaba el arco dibujado con tiza que la saeta rubia bombardeada sin piedad. Yo soy Buenos Aires, yo soy el taxi que recorre las calles, el taxi imbuido del espíritu de una ciudad que no descansa, que gira sobre sí misma como si ella y solo ella fuera el universo, no hay nada después de la General Paz, apenas se vislumbra un país de rodillas y más allá quizás un mundo insolente y mucho, mucho más allá, un universo de cometas tardíos, de planetas imaginarios…”

Extracto (futuro) de la multipremiada novela de Juan Segundo Sanchez de la Cuesta,
“Desprendimientos de la Historia Universal”

 

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Siempre supe que encontraría a Koldowski en las librerías de la calle Corrientes. Era por eso que todas las noches vagaba por aquella paradoja de marquesinas brillantes y suciedad sempiterna: Desde el obelisco, enfilaba por la vereda de la izquierda hasta Callao, dónde daba la vuelta y volvía por la vereda del frente. No tenía sentido seguir más allá porque la mayoría de las librerías estaban comprendidas en ese sector. En ocasiones, Güemes me acompañaba. Bueno, acompañar es un decir, a veces me acechaba. A veces, me atacaba con la mirada. A veces, su ausencia misma me hacia intuirlo.

Generalmente me quedaba diez o quince minutos en cada librería, siempre ante la atenta mirada de los encargados, que ya me reconocían y me fichaban con desconfianza. Un par de veces intenté intercambiar un par de palabras con alguno con poca fortuna, estaban demasiado ocupados vigilando que nadie se llevara un libro sin pagar. Estoy seguro que si fuera por ellos, cacharían a cada una de las personas que entran y salen de sus establecimientos.

Llevaba varias semanas con este recorrido y, a decir verdad, algo se me escapaba. Había estado divagando sobre cuales eran las posibilidades de dos personas de encontrarse sin que una estuviera buscando a la otra (daba por sentado que K. no me buscaba, y que no le interesaba el proyecto, que para él era solo una manera de hacer plata fácil, que había vuelto a Minas, que a lo mejor había huído a Europa o yacía muerto en alguna cuneta de Gonzalez Catán, finalmente asesinado por la sección criolla de la Yakuza, comandada, sin ninguna duda, por el escabroso personaje que representaba el papel de su vecino. En ese caso, yo me habría salvado por un pelo, uno no pierde la mano por chiquitajes) y de la enorme influencia que tendría el azar en todo esto, de alguna manera el flujo de mis pensamientos me llevo a enfocarme en los juegos de azar y en los casinos; Recordé aquellos años  de juventud, principios de los 90, en que íbamos cada viernes, religiosamente, al Casino de las Nubes con los changos a jugarnos dos o tres moneditas a ver si había suerte. Casi nunca la había y si por alguna casualidad alguien se iba con más de lo que había llegado lo más probable era que perdiera la misma cantidad o el doble la próxima vez.

“En los casinos no había azar” había concluido en aquellos tiempos porque había reglas estrictas que le permitían al casino controlar la suerte. Recordé también que había pensado largamente en ello basándome en la dirección hacia dónde discurrían los juegos: Se repartía siempre en el mismo sentido. En la ruleta se tiraba la pelotita siempre en el mismo sentido; Las tragamonedas iban siempre hacia abajo. Para que verdaderamente hubiera azar, quizás debería haberse sorteado también hacia qué lado debería hacerse la repartición de cartas o tirarse la condenada pelotita o a partir de qué carta del mazo comenzar a repartirse, el azar podía intervenir en muchas más decisiones de las que realmente lo hacía.

Allí fue cuando me di cuenta de lo estúpido que había sido. Yo había seguido siempre las mismas reglas en mi búsqueda de K por Corrientes, lo que debía hacer era romperlas, cambiar el sentido de mi búsqueda, cruzar por el medio de la cuadra o detenerme una hora en un bar y mirar la gente pasar. Con desesperación, como si llegara tarde a una cita de la que dependía mi futuro, giré 180 grados y comencé a desandar mis pasos.

Dos vueltas y tres intempestivos cruces de la Corrientes (una de las cuales casi me cuesta la vida) después lo encontré, tal cual me imaginé me lo encontraría, pispeando con aire distraído un libro que, de tan usado, amenazaba caerse a pedazos.

Me acerqué como, imagino, encara uno a un animal salvaje. Creo que incluso había bajado el ritmo de mi respiración, cualquier movimiento brusco lo espantaría. Me pregunté si él me reconocería, si sospechaba mínimamente que estaba buscándolo, si había tenido algún contacto con Jerome o la Condesa, si sabía algo más del proyecto que yo o estaba igual de perdido con respecto a todo este asunto. A decir verdad no parecía demasiado preocupado que digamos, parecía obnubilado por el libro que tenía en las manos e incluso vi con asombro que se lo acercaba a la nariz para olerlo.

Me detuve dos metros antes de llegar a su lado sin saber qué decir o cómo presentarme. Él debió de haber sentido mi presencia por lo que me dirigió una media mirada de reojo antes de volver a concentrarse en su libro. Estuvimos así varios, no sabría decir si segundos o minutos. Aclaré mi garganta un par de veces sin respuesta por lo que decidí introducirme sin más preámbulos.

– Buenas noches – dije no sin aclarar mi garganta por tercera vez, el me miró por un rato sin responder y, por lo visto, sin saber quién era.

– Estoy viendo nomás – me contestó – cuando decida le aviso.

– No trabajo aquí

– ¿Y qué quiere?

– Hablar con usted, si me da dos segundos –

– Perdone, pero a mí me gustan las mujeres

– ¿Y qué tiene que ver? – pregunté en voz alta y a mí mismo. Él resopló y entrecerró los ojos como si buscara algo en mi frente. Acaso…¿Me había confundido con un degenerado? – ¿Y qué tiene que ver? – repetí ya de mal humor y un par de tonos de voz más alto, me estaba cansando su apatía – ¿Usted no se llama Koldowsky por casualidad?- Él miró por sobre su hombro como comprobando si alguien había escuchado su apellido.

– ¿Cómo sabe quién soy? – respondió, pero más bajito.

– ¿No me reconoce?

– ……

– Soy San…Güemes. Güemes Montevideo. El escritor salteño.

– San Güemes?

– Güemes a secas, Bueno Güemes Montevideo. Es doble apellido – Allí pareció reconocerme finalmente. Dejó el libro que leía y el que aclaró la garganta esta vez fue el encargado que rondaba cerca

– Rafael – se presentó, aunque no hacía falta que lo hiciera – Rafael Kol – Dowsky – completó – doble apellido también –  yo había creído que Koldowsky iba todo junto ¿Acaso me estaba tomando el pelo?

– Creía que iba todo junto…Su nombre digo – dije

– Eso sería medio ridículo no?  – contestó con un tonito que me pareció de burla. Empezábamos mal. Pero me esperaba algo así de alguien como él. Me había imaginado que no se tomaría nada en serio, que jugaría a ser un escritor profesional en vez de actuar como uno. Decidí enfocarme en averiguar si sabía algo más que yo. Le pregunté por la Condesa, por Jerome, por el dibujante. No tenía ninguna información nueva al respecto. Por un instante pensé en comentarle lo de mi extraño amigo, Finkelstein, pero me pareció que no venía a cuento. Mañana debería encontrarme con el, aunque no sé bien con que motivo. ¿Intentaría evangelizarme? ¿Comvencerme de las bondades de la tautología? Por el momento no importaba, ahora debía enfocarme en K.

Sus tiempos coincidían con los míos, después de habernos hecho el depósito, habían desaparecido. Intenté seguir sacándole información pero no parecía muy dispuesto a entablar una conversación. Le pregunté si había estado en Buenos Aires, incluso en Argentina, antes; Le pregunté qué opinaba de nuestro Obelisco. El contestaba con monosílabos al tiempo que escrutaba a su alrededor como si creyera que alguien nos vigilaba.

Bueno, a decir verdad, el que nos vigilaba era el librero, que cada vez rondaba en círculos más pequeños alrededor nuestro sin dejar de mirarnos fijamente. Yo seguía intentando darle conversación con el objetivo de conocerlo un poco mejor, observé que el clima estaba muy pesado esa noche, que quizás llovería más tarde y que sería prudente intercambiar nuestros teléfonos, direcciones de email o cualquier tipo de información que nos ayudara a mantenernos en contacto en el futuro. No sé porqué en este punto el encargado, que andaba, como ya mencioné, cerca y parecía estar escuchando nuestro intercambio se metió de lleno en la conversación con los reprochables modales que, de un tiempo a esta parte, había descubierto, todos ellos, los libreros, comparten:

– ¡Lo que faltaba! Puteando en mi local! Lo que faltaba! – gritaba y en sus gritos pude notar que no había perdido del todo su tonada ibérica – Lo que faltaba, hombre! Pues, no señor, se me van ya mismo a tomar por culo, que nunca mejor dicho. Que encima de que no compran ni un puñetero libro, vienen a usar mi local como puticlú! No señor, a la puta calle!

No nos quedó otra que enfilar hacia afuera, no sin que antes Koldowsky le desacomodara unos cuantos libros de lugar en un lamentable intento de venganza que el gallego ni siquiera notó. Se lo veía satisfecho sin embargo, una media sonrisa le cruzaba el rostro mientras remarcaba que los libreros eran iguales en todas partes. No pude menos que coincidir con él cuando recordé a aquel de Montevideo.

Publicaciones del Conciliábulo

Axel Krustofski – El comienzo del trabajo

Ocos Tagón – Yo soy el dibujante