El corazón es un cazador solitario – Carson McCullers (1940)

Está esta imagen, creo yo, universal: Alguien está leyendo en soledad. Nada parece disturbarlo hasta que, de repente, levanta la vista hacia un punto indefinido. Largos minutos transcurren, el libro sigue abierto y quien lee, obnubilado. Desde afuera, parece sumido en una imperturbable tranquilidad. Dentro, lucha desesperadamente por recomponer su visión del mundo, por acomodar la estantería que desacomodó la última frase, párrafo o línea que leyó. O quizás ha visto un fragmento de su propia experiencia replicado en las palabras de aquel autor. El libro ha removido algo dentro y el lector ha recuperado un trozo de vida que creia perdido para siempre. Magia. La que buscamos los escritores como conquistadores en busca una civilización perdida. La que logra Carson McCullers en «El corazon es un cazador solitario» .

La América Profunda en el Gótico Sureño

La autora retrata la vida en un pequeño pueblo del sur de los EEUU.  Una de esas comunidades donde todos se conocen, donde los niños juegan en las calles hasta la caída del sol, donde los problemas entre vecinos, no importa su gravedad, se arreglan de palabra. Sin embargo, a pesar de esta cercanía entre sus habitantes, estos no pueden evitar sentirse desconectados del resto de sus pares.  La narración nos presenta a quienes van a la deriva dentro de este universo cerrado: Mick Kelly, una adolescente que va descubriendo su talento musical; Biff, el bondadoso dueño del bar del pueblo que debe reacomodar su vida tras una pérdida personal; Benedict Copeland, un doctor afroamericano, que no puede acercarse emocionalmente a sus hijos, y que vive resentido con la raza blanca, entre otros.

Estos personajes se mueven como en un ballet alrededor del sordomudo John Singer, un hombre enigmático, que actúa como centro neurálgico del relato. A Singer los habitantes del pueblo le otorgan cualidades místicas. ¿Un Jesús de la América profunda? En el relato, los atribulados protagonistas acuden al sordomudo en busca de tranquilidad. Pero Singer también se siente solo, ya que la única persona a quien considera su amigo, el también sordomudo Antonoupoulos, no está a su lado.

La narración avanza al ritmo soporífero de una siesta en un pequeño pueblo, pero no es para nada tedioso. El interés por sumergirnos en la vida privada de esos seres nos mantiene atentos. McCullers retrata con maestría las contradicciones, pasiones y deseos del interior de cada uno de ellos. En mi caso, he disfrutado con su capacidad para hacernos testigos de las epifanias de los personajes, como cuando Mick escucha por primera vez a Beethoven o cuando, a partir de un perfume encontrado en el fondo del armario, Biff recuerda a su esposa. Los sentidos, sugiere la autora, inexplicablemente conectan lo más profundo de nuestro ser.

Pero la historia no se queda en la anécdota o en la descripción. El relato no está excento de una tensión que se va acrecentando hacia el final y que se nos va adelantando a lo largo del relato. Y es que esa otra palabrita mágica, soledad, siempre está acompañada de su correspondiente dosis de tragedia.

El gotico sureño, con ADN Norteamericano

McCullers es una de las grandes representantes del Gótico Sureño. Un estilo que deriva del Gótico europeo.A  diferencia de este último no utiliza tanto el elemento sobrenatural sino que apela a horror más realista.  En sus historias se presentan personajes perturbados, escenarios en decadencia y  situaciones increiblemente  grotescas, que apuntan a reflejar el horror de temas como la pobreza, la violencia o las tensiones sociales.

Esta escuela entre las favoritas de nuestra web de recomendaciones de lectura. Aquí encontrarás cuentos de la generación dorada del Southern Gothic, como  Flannery O´Connor y Eudora Welty, pero también otras reseñas de libros de narradores más contemporáneos con las mismas preocupaciones como Tom Franklin, Michael McDowell o Cormac McCarthy.

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