El entenado – Juan José Saer (1983)

Un vistazo a lo infinito. Creo que es la mejor manera de definir la intención de Saer con “El entenado”. ¿Lo logra? Por momentos.  Pero justamente esa es la hipótesis de la novela: que lo trascendental solo se atisba en instantes mínimos que muchas veces ni siquiera pueden ser aprehendidos por nuestra conciencia. Para Saer, en las puñaladas brillantes del cielo nocturno y primigenio, en la naturaleza bárbara que subyace a todo ser civilizado, en esos  selectos instantes de nuestras historias, que persisten, eternos en la retina,  se pueden encontrar las claves de esta esencia de las cosas.

La novela está ambientada en la época de la conquista de América y sigue la historia del único superviviente de una expedición española a las costas del Río de la Plata. Tras un ataque sorpresa de una tribu de indios, ataque del cual sobrevive sin saber bien por qué, el narrador es llevado junto a los cadáveres de sus compañeros al asentamiento de los aborígenes.  Una vez allí comprenderá que sus excamaradas se convertirán en el plato principal de un frenético festín antropofágico, el cual es descrito con lujo de detalles por el autor. Y es a partir de ese momento, en el que ve los restos de sus hasta ese entonces compañeros de viaje siendo asados en una parrilla, que surge el primer cuestionamiento del personaje ante lo que hasta ese entonces había entendido era la civilización, «Parado inmóvil entre los indios inmóviles, mirando fijo, como ellos, la carne que se asaba, demoré unos minutos en darme cuenta de que por más que me empecinaba en tragar saliva, algo más fuerte que la repugnancia y el miedo se obstinaba, casi contra mi voluntad, a que ante el espectáculo que estaba contemplando en la luz cenital se me hiciera agua a la boca». Este cuestionamiento sobre qué es lo civilizado, y qué no lo es, seguirá sobrevolando todo el relato.

Durante el resto de su estancia entre los indios (serán diez años) el personaje va descifrando sus costumbres al punto de conformar en algunos pasajes casi un estudio antropológico, que por momentos resulta muy interesante, pero que en otros parece casi repetirse en su intento de entender aquella cultura.  Por momentos, las disquiciones acerca de la cosmovisión de los indios llegan a ser demasiado abstractas e interfieren en el desarrollo del relato.

Pero ante todo, hay una gran pregunta que desconcierta al protagonista y es por qué lo eligieron para perdonarle la vida y por qué lo tuvieron durante una década con ellos como testigo privilegiado de su día a día. La respuesta ( o un ensayo de respuesta ya que nunca lo sabrá con certeza) no le llega sino al final de su vida cuando, a la luz de una vela y ya de vuelta de todo, excepto de sus años en aquel asentamiento a la ribera del rio, revisita sus días vividos. Y la respuesta nos abre a nosotros lectores nuevas preguntas, «¿Quienes somos?, ¿Qué dejamos en nuestro tiempo en la tierra? ¿Cómo seremos recordados?»

 

 

 

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