El Nombre del Juego es Muerte – Dan Marlowe (1962)

No deberían comenzar este libro si no disponen del tiempo suficiente para terminarlo. Cada página de «El nombre del Juego es Muerte» está embadurnada del pegamento más fuerte que existe: la adrenalina. Nada, nadie los hará desviar la mirada.

Un asalto que sale mal, escenario habitual del policíal negro

La historia comienza con un atraco: Hay sirenas, tiroteos, arrancones y muertes. Para escapar, los asaltantes deben separarse. Uno, Bunny, se fuga con el botín. El otro debe quedarse para recuperarse de sus heridas. Este último es quien narra la historia a través del reconocible estilo crudo y cínico del policial negro.

«Pero había otra cosa que importaba en ese telegrama. Aunque viviera hasta los 104 años, Bunny jamás me llamaría por ninguna razón. El tajo que le había dejado esa cicatriz tan linda en el cuello, también lo había dejado sin cuerdas vocales. Bunny era mudo. Bunny no había enviado ese telegrama»

Las cosas empiezan a torcerse cuando el protagonista detecta que algo va mal con su cómplice. Es por eso que, aún convaleciente, debe dirigirse al pueblo donde Bunny se refugió. Y es aquí es cuando las cosas comienzan a ponerse verdaderamente interesantes. Su travesía lo llevará a una localidad que cumple con todos los requisitos del famoso dicho: pueblo chico, infierno grande. Cantineras exuberantes, rubías fatales, policías corruptos y un pantano inexpugnable son los ingredientes de este cóctel explosivo.

El protagonista es un criminal antisocial y poco adepto al sentimentalismo al que no le tiembla la mano cuando debe sobrevivir en un mundo inhóspito. No obstante, a pesar de su aparente inhumanidad, el lector no tarda en sentirse identificado con su visión del mundo. Sobre todo cuando, a través de algunos flashbacks, recuerda dos o tres episodios que marcaron su derrotero hacia el lado oscuro de la ley.

El estilo sin concesiones de Dan Marlowe

Fiel al estilo del policial la narración no se detiene demasiado en la reflexión sino que prioriza la acción. Y vaya si esta obra de Marlowe lo hace, la historia presenta un ritmo arrollador con un tempo preciso. Cada cosa parece estar en su lugar y en el momento adecuado. El final es apoteósico.

«El nombre del juego es muerte» ha sido catalogada como una de las obras más icónicas del hard-boiled (estilo al que pertenecieron también Dashiel Hammet y Raymond Chandler entre otros), una variante aún más violenta y lasciva del policial negro.

«El chico me miró y comenzó a correr de vuelta hacia el asiento del conductor. Al otro lado de la calle algo hizo «Kaplam». El chico gimoteó como un caballo con dolor de estómago. Siguió moviéndose durante otros tres segundos y finalmente se desplomó frente al coche con sus impolutos guantes blancos en la calle inmunda y sus piernas todavía sobre la acera. Le faltaba toda la parte izquierda de la cabeza»

En el prólogo a la edición inglesa se cuenta una memorable anécdota que vale la pena recordar. Los sucesos y ambientes descriptos en «El nombre del juego es muerte» eran tan realistas que impresionaron incluso a un verdadero malechor. Al Nussbam, un ladrón de bancos y fugitivo de la justicia se contactó varias veces con Marlowe para expresarle su admiración y pedirle consejos para comenzar a escribir. Ambos comenzaron un intercambio de correspondencia que continuó incluso luego de que el ladrón fuera arrestado por la justicia.

A Nussbam le llamaba la atención el protagonista de la obra (Chet Arnold es uno de sus seudónimos) ya que se identificaba con este. Incluso una vez admitió ante un juez que, «no puedo decir que me interesa más de ser un ladrón, la diversión o el dinero, pero lo que más disfruto es meterme en el juego». Ese juego es también lo que le atrae al protagonista. No le interesa tanto el dinero como la adrenalina de la acción, de no seguir órdenes de nadie y de tener un arma cargada y lista para disparar en su mano.

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