Farenheit 451 – Ray Bradbury (1953)

Mis fervientes deseos para quienes quieran abocarse a Ray Bradbury:

Que empiecen su lectura como lo hice yo, casi desde la ignorancia. Que conozcan, muy por encima, de qué trata la obra. Que sepan apenas que versa sobre un futuro (posible como todo futuro) en el que el Estado (como en «1984», como en «El Cuento de la Criada«) ejerce un poder coercitivo sobre una ciudadanía indolente. Que los libros están prohibidos, que se queman sin la más mínima contemplación. Que hay un cuerpo de bomberos entrenado para tal fin y que la trama se centra en uno de estos bomberos: Guy Montag.

Les deseo que se dejen llevar por la corriente del relato, que no se desanimen por la cursilería de Clarisse ni que se preocupen demasiado por su suerte. Que la tensión de la historia los agarre de la mano y no los suelte hasta el final, aunque vale la pena detenerse por el camino para reflexionar sobre aquellos pasajes (tan lúcidos, tan rotundos en su pre-visión de una conciencia colectiva dominada por la imagen) que se incrustan como una daga afilada en nuestra conciencia. 

Les deseo que se maravillen ante la clarividencia de Bradbury. A nivel tecnológico podemos mencionar la domótica, la inmediatez de la información, la omnipresencia del transporte público, los drones que asesinan a distancia.  Pero más reveladora es su visión sobre la evolución del ser humano: Cada vez más aislado, menos sensible, más adicto a lo inmediato, menos consciente de sí mismo. Les deseo el temor de reconocer en nuestra época demasiadas de estas señales inquietantes. «Farenheit» es un espejo que nos devuelve nuestro yo más abyecto.

Les deseo, antes de leer, que desconozcan por completo la suerte que correrán Montag, Clarisse, el recio capitán Beatty e incluso aquella sociedad teledirigida que vive pendiente de las imágenes televisadas en las cuatro paredes de la sala de estar. Que no sepan cual será el destino de Montag: si reniega de su fé en la palabra quemada, si se reafirma en la idea de que los libros «solo traen infelicidad y por eso deben arder», si sobrevive, si escapa, si muere en vivo y en directo frente a los ojos de una ciudad sonámbula.

Les deseo, finalmente, que no sepan si, en esta fábula demasiado lindante con la realidad creada por Bradbury, los libros dejan o no de existir. Que lean y que lo descubran y que en el transcurso de la lectura mil y una preguntas más los ataquen, raudas, como flechas salvajes.

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