La guerra no tiene rostro de mujer – Svetlana Alexiévich

La guerra es la epidemia más catastrófica que ha enfrentado la humanidad. Acompaña al hombre desde el inicio de la civilización y por esto parecería que las formas de narrarla ya están agotadas. En la literatura la voz masculina casi siempre se apropió de la guerra: Patriotismo o traición, hazañas heroicas, estrategias militares, motivaciones políticas.

Alexiévich nos revela una visión diferente: la de las mujeres soviéticas que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. No fueron pocas (un historiador consultado habla de cerca de un millón). No tuvieron papeles  secundarios: Hubo aviadoras, jefas de zapadores, doctoras, francotiradoras, conductoras de carros de combate, oficiales de la marina, especialistas en transmisiones, comandantes de cañón antiaéreo, entre otras.  Los testimonios sin embargo no se detienen tanto en el rol que cumplieron en la guerra sino en el efecto que esa vivencia tuvo en su condición humana. La guerra no tiene rostro de mujer pero puede ser relatada por sus voces:

“La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana”

Las voces de las protagonistas, los múltiples puntos de vista se van superponiendo a lo largo del relato. En esta manera de narrar, la autora también adopta una visión femenina. Deja de lado el narrador único que todo lo sabe y construye a partir de la cooperación. Así se va creado una historia colectiva que nos remite a los inicios del arte de narrar, a los relatos contados entre varios alrededor de un fuego o a madres, tías y abuelas recordando parte de la historia familiar mientras preparan la comida. Al darle voz a las protagonistas, Alexiévich recupera la forma más pura de la narración: lo oral. Al igual que la guerra, lo oral ha acompañado al ser humano desde los inicios de la civilización. ¿Coincidencia? No lo creo.

«¿Con qué palabras se puede transmitir lo que oigo? Yo buscaba un género que correspondiera a mi modo de ver el mundo, a mi mirada, a mi oído. 

Un día abrí el libro «Soy de la aldea en llamas» de A. Adamóvich, Y. Bril y V. Kolésnik. La forma del libro era poco convencional: estaba construído a partir de las voces de la vida diaria. de lo que yo había oído en mi infancia, de lo que se escucha en la calle, en casa, en una cafetería, en un autobús. ¡Eso es! Había encontrado lo que estaba buscando…»

Los testimonios son abrumadores y exponen lo más abyecto de la guerra. Pero también rezuman humanidad y, sobre todo, autenticidad. No hay espacio para la invención, aunque sí (seguramente) para la selección de la anécdota adecuada. En esto se nota el olfato periodístico de Alexiévich. Su maestría en el oficio de entrevistar.  Al igual que otro libro que reseñamos en este espacio, «Operación Masacre» de Rodolfo Walsh, en la obra de  Alexiévich se evidencian las bases de un buen trabajo periodístico: Paciencia, reflexión y la búsqueda irrestricta (y sin concesiones) de la verdad. En estos tiempos de noticias falsas, posverdades y medios de comunicación fariseos, tareas titánicas como las de estos periodistas merecen ser revisitados. No todo está perdido.

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