Novela de ajedrez – Stefan Zweig (1941)

Inicios de la década del 40. Un barco zarpa desde Nueva York con destino Buenos Aires. A bordo viaja el campeón mundial de Ajedrez: Mirko Czentovic, poseedor de un talento innato para el juego pero sin otras cualidades intelectuales.  De origen humilde, a partir del descubrimiento de su genialidad para el ajedrez, «su primitiva inseguridad se había convertido en una arrogancia fría y, por lo general, torpemente manifiesta». Durante los primeros días de la travesía, Czentovic se aisla del resto de pasajeros, su objetivo, al parecer, es pasar desapercibido.

Pero enterados de que el mejor jugador del mundo viaja con ellos, un grupo de entusiastas  logra convencerlo (dinero mediante) de realizar una partida. Cuando, previsible e irremediablemente, el campeón está a punto de vencer, los consejos de un enigmático pasajero evitan la derrota y el match queda en tablas. Intrigado, Czentovic propone otro juego para el día siguiente.

El recien llegado, que se presenta como Doctor B, es un abogado austriaco que huye del nazismo. El regimen lo sometió a lo que el personaje considera la peor de las torturas posibles: La reclusión permanente. Sin martirio físico, ni agresiones verbales, solo el confinamiento sin ningún tipo de relación con el mundo exterior. Para quién juzgue está visión de la tortura un tanto cándida, recordemos que la novela se publicó en 1941 y que lo peor de los crímenes del nazismo aún quedaba por descubrir.  Durante su suplicio, encerrado y sin nada que hacer, B encuentra en un pequeño manual de ajedrez un alivio a su aislamiento. Pero el juego se convierte en una obsesión que lo lleva cerca de la locura.

La mesa queda servida para un enfrentamiento épico entre dos contrincantes que encarnan definiciones contrapuestas del talento. El campeón mundial, acentuadas sus nulas capacidades intelectuales, y aún sociales, representa la capacidad natural para el arte. En tanto que el doctor B se presenta como el fruto del estudio meticuloso, quizás enfermizo.

Una novela concisa que se lee rápido pero que tiene un potencial de relectura infinito. La prosa de Zweig tiene esa capacidad de, con poco, decir mucho. El tablero que representa la vida. Y los dos lados. Blanco o Negro. La discusión o el diálogo. El contraste o la complementación. La contienda o la cooperación.

Zweig era un ferviente admirador del ajedrez. Varias de sus novelas y biografías están plagadas de referencias a este juego. Incluso hizo construir un tablero gigante en su residencia en Brasil, donde escribió esta, su última novela.  Su amor por este juego se refleja en está descripción, casi perfecta del «juego de reyes»:

«Conocía, huelga decirlo, por experiencia propia, la atracción misteriosa del «juego de reyes», el único entre todos los ideados por el hombre que se sustrae soberanamente a toda tiranía del azar y otorga sus laureles de vencedor de un modo exclusivo al espíritu, más propiamente dicho, a una forma determinada de la habilidad intelectual. ¿Pero no se comete una falta de empequeñecimiento humillante con sólo tildar de juego al ajedrez? ¿No es también una ciencia, una técnica, un arte, algo que se cierne entre esas categorías, como el ataúd de Mahoma entre el cielo y la tierra, una trabazón única entre todos los contrastes: Antiquísimo y eternamente joven; mecánico en la disposición, y, sin embargo, eficaz solamente por obra de la fantasía; limitado en el espacio, geométricamente fijo y a la vez ilimitado en sus combinaciones; desarrollándose de continuo y no obstante, estéril; un pensar que no conduce a nada; una matemática que nada soluciona; un arte sin obras; una arquitectura sin sustancia, y, no obstante, evidentemente más duradero en su existencia y ser que todos los libros y obras de arte; el único juego propio de todos los pueblos y tiempos y del que nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastío, aguzar los sentidos y poner en tensión el alma? ¿Dónde empieza, dónde termina?»

Y su maestría para el ajedrez se refleja en esta novela, en la cual magistralmente va moviendo las piezas hasta dejarnos a su merced. Y una vez allí, en el climax del relato, hábilmente liquidarnos con un jaque mate fulminante, que no vemos llegar por ningún lado y que nos deja pensando en causas y consecuencias, en dónde termina el relato, dónde empieza la vida.

 

 

 

 

 

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